Prolongar la juventud: una costumbre que cada vez tiene más adeptos
En la actualidad existen diferencias en la concepción de la juventud en los distintos estratos sociales. Los límites están marcados por diversos factores. Una investigación realizada entre 2005 y este año por el Grupo de Estudios Urbanos y Generacionales del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República (Udelar) reveló que en el sector medio es en el que ocurre la mayor prolongación de la juventud.
El estudio «Usos y apropiaciones de espacios públicos de Montevideo y clases de edad» mostró que «las clases de edad son situadas (adquieren sentido en contexto social y epocal) y relativas (varían en los diferentes campos, aun conservando elementos que las caracterizan)».
Juventud restringida
«Ser joven es una condición, más que un estado de la naturaleza. No todos pueden ser jóvenes; la condición está marcada por la clase social o los niveles económicos», explicó la socióloga Verónica Filardo, coordinadora de la investigación.
En las clases sociales bajas, identificadas por la carencia de recursos económicos, el límite para ser joven está marcado por la edad. Los 18 años representan el ingreso a la adultez. La medida que reconocen como el fin de la adolescencia está señalada por la «imputabilidad penal», dijo Filardo. «Es decir que una vez cumplida la mayoría de edad pueden caer presos en el Comcar», afirmó la socióloga.
Hasta los 17 años los menores cuentan con la libertad de delinquir sin ser juzgados por las leyes de los adultos. Otro factor determinante del crecimiento son los embarazos prematuros, que enfrentan a los jóvenes, fundamentalmente a las chicas, a un forzado crecimiento.
A diferencia de lo que ocurre en los sectores más bajos y marginados de Montevideo, los jóvenes que integran la clase media prolongan muchísimo la juventud, «llegando a bordes cada vez más lejanos en el tiempo», aseguró Verónica Filardo.
Por otra parte, el informe realizado estableció que hay factores burocráticos, desde la administración nacional y poderes públicos y privados, que determinan la construcción de nuevos límites que marcan distintas etapas de la vida. Un ejemplo de ello es la Tarjeta Joven o los planes de teléfonos celulares dirigidos a los jóvenes, que incluyen a personas de hasta 35 años. De esta manera, se legitiman las modificaciones de los cambios etarios.
Adolescentes y jóvenes identificados como integrantes de la clase social alta, en cambio, continúan respetando la mayoría de edad. Los 18 años todavía funcionan como un borde. La importancia que atribuyen al cumplimiento de los 18 años es la adquisición de los derechos electorales, las responsabilidades legales y la ética laboral.
Verónica Filardo comentó que no todos los sectores sociales «tienen la misma posibilidad de ser jóvenes», entendiendo el término como «un espacio de moratoria social». Es decir: ser joven implica tener menos responsabilidades y ocupar lugares que no son concebidos socialmente como roles de adultos.
Por último, la coordinadora del estudio sobre las clases de edad dijo que la juventud, muchas veces, «se considera como un proceso de transición a la adultez». La falta de responsabilidades familiares, la no independencia del hogar materno, el no haber culminado los estudios y el no ingreso al mercado laboral son condicionantes que determinan la continuidad en la etapa juvenil.
Pocos motivos para crecer
La psicóloga y terapeuta gestáltica Lidia Etchemendy estableció que a la hora de preguntarse qué es ser adulto la respuesta sería «hacerse cargo de sí mismo, además de ser responsable y autoabastecerse, desde lo más básico a lo más genérico».
Para ella, la situación económica es un factor determinante en la prolongación de la juventud. «Cuando un joven vive en su casa paterna y tiene resueltos el techo, la comida, el estudio, la ropa, las salidas y cuenta con el auto del papá los fines de semana, está muy cómodo.
A eso se suma la apertura que existe por parte de las familias –gracias a Dios–, que incentiva que las parejas puedan ser parejas y compartir intimidad en la casa de uno u otro de los novios». La terapeuta gestáltica enfatizó este último aspecto, recordando que «el hecho de quedarse a dormir en la casa de un novio, hace no tantas décadas, era impensable».
La falta de una «posibilidad real económica para independizarse dignamente» deriva, explicó Echemendy, en que los jóvenes «se queden cada vez por más tiempo en la casa de los padres». La importancia asignada a los estudios también es un factor determinante en la prolongación de la no independencia, ya que la duración de una carrera no baja de los cuatro o cinco años. Asimismo, Filardo reconoció que no son mayoría los que acceden a estudiar una carrera. «Es un privilegio de unos pocos», sentenció.
Los jóvenes provenientes de sectores más pobres de la ciudad, en la mayoría de los casos, no cuentan con la posibilidad de estudiar más allá del ciclo básico, y muchas veces se dificulta su ingreso al mercado laboral. «Los chicos de clase más baja se ven obligados a madurar antes, para hacerse cargo de algo que no se pueden hacer cargo, igual que ocurre con muchos jóvenes de otras clases sociales», comentó Echemendy.
La maternidad es uno de los factores que provocan la madurez repentina en los jóvenes de clase baja.
La especialista destacó que los embarazos no previstos ocurren en todos los sectores sociales; la diferencia está en que unas pueden abortar y otras no. Esto genera en las personas más pobres la necesidad de asumir responsabilidades inesperadas y de «resignarse a vivir una vida inferior a cómo debería ser en realidad», dijo Echemendy.
Sin distinción de géneros
La prolongación de la adolescencia «a esta altura es bastante pareja entre los géneros», dijo Echemendy. «Tanto las chicas como los chicos pueden tener muchas ganas de salir de su casa pero no se las ingenian, y tampoco saben cómo hacerse cargo de sí mismos», agregó la entrevistada.
En los sectores de clase media y alta, la preocupación por el estudio es un factor común entre hombres y mujeres. Son los menos los que deciden estudiar asumiendo, a la vez, las responsabilidades del mundo adulto. *
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