Escrito por: Antonio Pippo
Al gobierno le ha salido otro granito. Por la incomodidad que le está causando se puede especular que haya sido cerca del culo.
Es que aún tiene las defensas bajas y sigue elevada su sensibilidad al síndrome K, una patología que le ha cribado el organismo, no por virus o bacterias, sino por ingenuidad. Cuando uno creía que ya había advertido a qué tipo de microbio estaba enfrentando, resulta que hasta el canciller Gargano hombre astuto y desconfiado ha expresado su asombro y molestia por unos gestos del presidente argentino, ese espécimen político de mirada atravesada al que alguna vez se calificó de progresista.
Ocurre que el señor feudal de Santa Cruz, caído en el sillón de Rivadavia por uno de los enroques politiqueros más grotescos de la historia del vecino país, ahora se mostró, en plena campaña por la reelección, agitando unas banderitas con la leyenda “Fuera Botnia, viva la patria”.
¡Qué momento! Justo cuando diplomáticos de ambas naciones, junto al facilitador español, desarrollan delicadas gestiones, en medio de riesgosos equilibrios, para superar el absurdo conflicto que hoy se sabe oculta una pulseada por el destino de las inversiones que llegan al río de la Plata y cuál de los dos puertos se pone a la cabeza del tránsito del comercio regional.
Seguir creyendo que Kirchner es un interlocutor honesto y racional, un hombre comprensivo, es, simplemente, negar la realidad. Y esperar que deje de incomodar o de agredir cada vez que tenga una oportunidad, es, sencillamente, una ingenuidad de aquellas. Ya lo he dicho: el gobierno uruguayo, sin descompensar su serenidad diplomática, debe entender con quién está tratando y ajustar su estrategia. Ahora, ya mismo.
El tiempo y la acción son oro. Hace falta no dejar pasar las cosas.
Distanciarse de la imagen de aquellos veteranos del cuento:
-Viejo, me parece que esta semana viene bien para ir al cine.
-¡¿Otra vez?!
-Sí, pero… ¿te enteraste que ahora es sonoro y en colores? *
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