Por último
Pertenecemos a una generación que mamó sus primeras nociones con las trágicas leches de la Guerra Civil Española y los terrores de la Segunda Guerra Mundial.
Fuimos abriendo uso de conciencia política en medio de una izquierda pequeña y muy dividida a nivel partidario como sindical.
Comunistas, socialistas, anarquistas, trostkystas, independientes, nacionalistas de izquierda, batllistas, terceristas, exiliados y refugiados políticos de cuatro confines y reiteradas masacres.
Pocos grillos compartiendo la olla.
Cuando no habían terminado aún los debates acerca de España y la Guerra Fría, consecuencia póstuma inmediata de la Guerra Mundial, apretaba sus flamantes dientes hasta la asfixia, recién muerto Stalin, Kruschev sacudía el mundo con su Informe al XX Congreso del PC de la URSS reconociendo los horrendos crímenes del stalinismo ya denunciados muchos años antes por anarquistas, socialistas (apenas retornado de la URSS luego de la Guerra nuestro primer embajador en ella, Emilio Frugoni lo hacía en su libro «La Esfinge Roja»), los comunistas de la Oposición de Izquierda y de otras corrientes bolcheviques, y el a la postre también asesinado Trostky.
El Partido Comunista vive entones una de sus más graves crisis: Eugenio Gómez, su viejo secretario general, es derrocado (no sin violencia) por Rodney Arismendi, iniciándose un intenso y revulsivo debate que se inscribe en el que se desarrollaba a nivel mundial. China va marcando tajantes diferencias con la URSS.
Por si todo ello fuera poco, los blancos, luego de casi un siglo y en ancas de Nardone, desalojan del gobierno a los colorados. Esa derrota histórica vino también auspiciada por las grandes movilizaciones estudiantiles que conquistaron la Ley Orgánica de la Universidad.
En 1959 asume el nuevo Gobierno, hay graves inundaciones y, luego del triunfo revolucionario en Cuba y en Venezuela (en ese momento más importante que el de Cuba) Fidel Castro, con el apoyo de Radio Carve, visita Uruguay y habla en la Explanada Municipal. Terminó la década de los cincuenta.
Todo se discutía y todo estaba en discusión. En la izquierda: obviamente el socialismo.
Los principios de la década de los sesenta van a presenciar la continuación y recrudecimiento de dicho debate, con la influencia creciente de la Revolución Cubana, el definitivo cisma Chino-Soviético, la emergencia contundente de los movimientos de liberación nacional y, como telón de fondo: la Guerra Fría.
Hasta acá, muy brevemente, este recuerdo como eso: un refresco para la memoria. Desde allí venimos.
La generación que hoy se está yendo, izquierdista, blanca, colorada, independiente; la que llegó hasta aquí; la que trajo lo que hoy vivimos para bien o para mal, vino desde allí.
El paréntesis recordatorio busca señalar, por contraste, algo que hoy dolemos como un déficit grave en la izquierda: la falta de debate sobre asuntos de fondo.
Tal vez haya sido la Guerra Fría con su aplastante dicotomía; tal vez la priorización de los caminos y métodos por sobre los objetivos y metas; tal vez la intensidad de las luchas; tal vez la obra de hegemonías no sólo erróneas sino también extravagantes (entre ellas una peculiarísima idea totalmente equivocada de homogeneidad como valor equivalente a unidad, coherencia, principios…), pero lo cierto es que hubo desde hace mucho una pétrea paralización del pensamiento.
Agravemos eso con la caída del llamado Campo Socialista y, en nuestro caso, con el lento pero ininterrumpido acceso al gobierno, para tener idea cabal de la grave carencia que, contra quien más golpeará, será sobre la juventud.
Lo macizo sustituyó a lo vital; la ciclópea consigna a la idea; la ideología no sólo al pensamiento, sino también a la estrategia y hasta a la táctica; muchas veces al idioma mismo, a los significados y hasta a los lenguajes.
De ahí a la descalificación y el insulto como único golpe a lo nuevo e ignorado, no hay más que un salivazo. En último caso siempre queda el recurso de volver atrás y refugiarse en las obras que hace añares produjeron los que por entonces solían pensar de vez en cuando. Todo catecismo es consolador. Y confortable.
En una estepa de orégano como esa, la derecha se dio el lujo de usar también nuestras categorías con lo que los últimos atisbos de entenderse y explicarse, de poder usar las palabras, fueron barridos con torrenciales chaparrones de fraudulencia.
Entonces la tarea es enorme: deberá suplir, reiniciar y mejorar aquel imprescindible debate que nunca debe volver a interrumpirse porque sin él no habrá estrategia ni instrumentos para corregir los errores inevitables de la lucha.
Nosotros, que lo abandonamos y no supimos rehacerlo a tiempo, podemos traer la memoria del tiempo que nos hizo.
En el que éramos menos pero teníamos más. En el que nos atrevíamos a pensar. Y, en especial los jóvenes, iconoclastas, no sólo a pensar sino a tomar acción por nuestras manos sin intermediario alguno.
Tiempos en que las butacas no habían tomado todavía asiento en la cabeza; en los que nada teníamos para ver y mucho menos, en la televisión; en los que las cámaras corrían despavoridas detrás nuestro para averiguar qué realidades debían poner en las pantallas para que los espectadores envejecidos de antemano vieran algo de lo que estaba pasando (y no de lo que se estaba actuando).
Pero el fermento de aquella acción fue siempre el pensamiento: la primera acción es siempre esa.
Ahora resulta que para opinar se debe pedir permiso y disculpas. Ahora la represión del pensamiento no es as de bastos, es un sarcasmo. Viene sin gas lacrimógeno.
Quienes dirigen la indigesta ingesta intelectual saben que ese es el veneno.
Es por ello que nos hemos animado, última temeridad por ahora, a realizar estas columnas acerca del socialismo en el marco de un debate que amanece y ojalá no aborte.
Para dejarlo por ahora, nos atreveremos también a decir lo que otros dijeron antes removiendo esquemas: viviendo donde vivimos y viniendo de donde venimos, una de las fuentes de nuestra concepción acerca del tema (además del artiguismo, y de todas las fuentes del socialismo), es el cristianismo.
Porque ninguna lucha y menos esta, debe hacerse en base al odio. Sólo puede y debe estar inspirada e impulsada por «hondos sentimientos de amor», tal como le dijo cierta madrugada el Che a Quijano en «Marcha».
De esa civilización al fin de cuentas también irredenta, inconclusa y mutilada, vino y viene la noticia del Hombre Nuevo y con ella la de la Revolución que va por dentro: la única que viabiliza las demás; de allí los valores básicos; el concepto de poder y hegemonía radicado en el corazón y la conciencia de la gente y no en otro lugar; y una visión antropológica que confía en el ser humano y su capacidad de razón y cambio («conversión» le dicen a eso, hace dos mil años, los religiosos); de allí la fe en el poder de la convicción por sobre el de la coacción.
Sugerimos entonces que por lo menos para este debate reste totalmente prohibido prohibir como asimismo prohibidos los sofismas por petición de principios y los argumentos ad-hominem a favor o en contra.
Sin olvidar jamás que será necesaria una lucha a muerte contra las luchas a muerte y una guerra sin cuartel contra las guerras. *
(*) Senador; escritor
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