Escrito por: Antonio Pippo
Las personas públicas por caso, un ministro deben aceptar que su visibilidad puede ser para ellos una trampa. Si no entienden cuántos riesgos implica que se les vea en televisión a cada rato, tampoco entenderán por qué a veces sorprenden tanto a los ciudadanos.
La espontaneidad es buena. Descontrolada, se convierte en un obstáculo para que la comunicación con la gente sea comprensible y constructiva.
Me pregunto si la ministra de Salud Pública, más allá de su siempre cuidado aspecto y su verbosidad persuasiva, mide las consecuencias de ser vista espontánea y hablando de un mismo tema un día simpática, ingeniosa y convincente y al otro seca, distante y con ese porte que la deja a un paso de emular a las patricias empacadas que tanto enojaban a Sarmiento.
¿Es la ministra Muñoz una mujer emocionalmente inestable? ¿Acaso su experiencia en el gobierno, tan vasta, rica y reconocida, no le ha enseñado a dominar esa especie de ciclotimia con que nos vive conmoviendo? Además, ¿es necesario que cada una de sus decisiones instale la sospecha de haber sido impulsada por un berrinche?
Lo que acaba de ocurrir con el nuevo presidente del Casmu, el doctor Toledo, es un buen ejemplo. Sin que haya cedido un ápice en su opinión justo es decirlo en veinticuatro horas la cara, los gestos y el tono de la ministra pasaron de una severidad malhumorada y al borde de la adustión, a una serenidad tibetana y seductora que se posó en la cómoda butaca de la conciliación. Ahora explicará las cosas, supongo que definitivamente, en una comisión parlamentaria.
Le ha ocurrido otras veces. ¿Le hará falta un asesor de imagen? Quizás. Es una mujer buena e inteligente. ¡Qué necesidad tiene de tanto lío!
Me recuerda a mi abuela Juanita. En sus tiempos de maestra rural, el único asesor a mano era el ánimo: un día repartía dulces a los nenitos; al siguiente les tiraba borradores por la cabeza.
¿Qué pasa, yaya?
¡Tu abuelo me tiene podrida cebándome el mate frío!
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