Coqueteos
Recuerdo lo que pasaba en casi todas las ciudades del interior en mi juventud: los muchachos íbamos a la tardecita y hasta la madrugada a dar vueltas alrededor de la plaza principal. En una dirección caminábamos nosotros y en la contraria lo hacían las chiquilinas. Siempre había un contacto visual.
Me han dicho que aún se conserva esa romántica costumbre, la cual digo de paso construyó matrimonios, concubinatos, parejas circunstanciales y hasta sonados divorcios.
Y esto, ¿a qué viene?
Esa imagen inundó mi mente al ver los coqueteos remedos de aquellas miradillas y cabeceaditas de otrora en que parecen inmersos algunos políticos vernáculos.
Larrañaga, a lo guapo, atropellador y ciclotímico, renovó el coqueteo con Vázquez, quien, sin desalentarlo, a su vez coquetea con Vidalín y le ha hecho algún guiño a Rubio.
Astori, mirando de arriba, canchero, coquetea con Atchugarry, quien por ahora baja los párpados, pudoroso, aunque, cuando el canoso ministro le da la espalda, lo observa y mide con interés.
Mujica, medio veleta como el gaucho que cae al baile con tiempo para elegir entre chinas tempraneras, coquetea hoy con Astori, mañana con Rubio, al otro día con alguno más y, al final, le regala unas rosas a Lucía para que se calme.
Lacalle, con cancha y escuela de sobra, le da vuelta la cabeza a Heber, se pone de espaldas a Larrañaga, coquetea con Chiruchi y le hace levantaditas de cejas a Gallinal, que no está conforme con lo que le tocó en la primera vuelta a la plaza.
Y los hay con el coqueteo dificultado.
Tabaré Viera, Washington Abdala y Pedro Bordaberry ya han dado varias vueltas, por ahora sin levante alguno.
Jorge Batlle decidió quedarse en casa, mirándose al espejo y diciéndose: «¡Que se jodan! Yo voy a vivir ciento cuarenta años como Fidel».
Y a Sanguinetti persuadido aún de que puede arreglar por teléfono o por epístola Marta no lo dejó ir a la plaza. Será por el frío.
¿Me parece a mí o está todo más entreverado que antes? *
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