Dos países
La cultura, en sentido antropológico, puede ser definida como la suma de hábitos comunes de una sociedad que la identifican en una etapa histórica.
Si aceptamos esa definición, estamos jodidos. Durante más de un siglo se ha ido construyendo una cultura precisamente en contra de ese redivivo, exquisito espíritu de descentralización que hoy nos fascina.
Aclaremos, dijo el Tuerto Moye, despegándose las lagañas: si esa idea de descentralizar pretende la creación de un país política y administrativamente más libre, práctico y justo, ¿quién se opondría? La más elemental sensatez llamaría a engrosar las filas de quienes, con buena intención, la promueven.
Pero ocurre que el problema no es la idea, de suyo compartible, sino la ancestral cultura que puede ahogarla.
Uruguay no es un país, sino dos. Cualquiera que viva o haya vivido en el Interior lo sabe, y para explicarlo no necesita más que su propia, sufrida y probablemente prolongada experiencia. Uruguay es macrocéfalo y lo que debió ser un todo integral está casi cortado de cuajo; tiene una cabeza enorme y poderosa y un cuerpo largo y ancho que apenas sobrevive, pues toda su energía es absorbida por la monstruosa parte que da la cara al Río de la Plata.
A esta penosa verdad hemos llegado por el imperio de una vieja cultura, les guste o no a quienes cabildean con la historia, las ideologías, la política, la sociología y tantas otras disciplinas y ahora suman voces para convencernos de que es posible descentralizar por la mera voluntad de un gobierno. No, lector. Así, como un dogma para el corto plazo, claro que no. ¡Si nadie ha admitido aún que el objetivo es imposible sin descentralizar también el poder y los recursos!
¿Hay que hacer un solo país? Sí. ¿Hay que terminar con la macrocefalia? Sí. ¿Hay que dar un primer paso cuanto antes? Sí. Ah, pero antes que nada hay que entender y aceptar la realidad.
¿La clase política está dispuesta a desarmar la cultura de los dos países? *
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