No lo apuren
¿Nos estaremos olvidando de la paciencia?
Véase lo que ahora mismo le ocurre al Estado.
Recién nomás, técnicos, funcionarios públicos y legisladores coincidieron en que debe institucionalizar unas políticas poblacionales urgentes. En criollo básico, eso tiene que ver con el envejecimiento de la población, la fecundidad insatisfecha y las corrientes migratorias, que siempre van más hacia afuera que hacia adentro.
Pero también se le está exigiendo la creación de tantos miles de empleos como si esto fuese Nueva Zelanda, un sistema tributario más equitativo, una mejor educación, unos servicios de atención de la salud adecuados, un régimen de seguridad social de mayor abarcamiento, un programa de construcción de viviendas de interés social, un plan tipo paraguas para los deudores agropecuarios, el control de los precios y la eliminación de la inseguridad.
Falta que alguien le reclame que desinfle el globo de Paco Casal, que los meteorólogos acierten aunque sea un pronóstico por semana y que Claudia Fernández encabece la Comedia Nacional.
Paremos la mano. ¡Lo están reformando! Como decía el inefable Jorge Batlle Ibáñez –a quien la providencia aleje de la política lo antes posible y le reserve un destino en una quinta de tomates–, «no me apuren si me quieren sacar bueno». Eso mismo: no lo apuren (al Estado, no a Jorge, a quien le sube la presión sólo si le falla una fija en Maroñas o si piensa en los argentinos).
Porque, a fin de cuentas, ¿qué es el Estado? Una entelequia –en la acepción irónica del término– que sólo se hace visible y se la puede juzgar cuando el gobierno de turno la corporiza y asume integralmente sus responsabilidades. Y para eso falta un cierto trecho. Claro, la tentación por multiplicar exigencias al Estado puede haber nacido de ese abundamiento en el que incurrió el propio gobierno: los anuncios.
Por suerte, uno y otros podemos hacer algún rebaje. Hasta que llegue el tiempo exacto de los hechos y los juicios.
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