La drogadicción y la discapacidad
La drogadicción/discapacidad resulta polémica y suscita múltiples interrogantes. Muchas veces se asocian discapacidad e impotencia, desvalimiento y dependencia. No obstante, se tiende actualmente a hablar de «personas con discapacidad», considerando que pueden existir dificultades o restricciones en ciertas áreas que coexisten con otras funciones conservadas o plenamente desarrolladas. De ese modo, se evita el estigma de la rotulación que coagula a las personas en una intensidad inamovible y restringida.
La drogadicción está asociada a peligrosidad. El adicto genera descontrol y muchas veces rechazo. La imagen aparece distante, de mirada perdida, fumando, inhalando o inyectándose una sustancia y «gozando» con esto; no coincide con el estereotipo del «discapacitado».
El adicto ve, oye y puede caminar, no tiene alteraciones genéticas, no es un «alienado». Sin embargo, podemos preguntarnos si la persona que abusa de las drogas no presenta un déficit en el entrenamiento para ejercer el autocontrol y el autocuidado, para construir un proyecto de vida autónoma, para aceptar límites y tolerar el malestar de las frustraciones que planea el crecimiento. Desde ese punto de vista podemos hablar de una discapacidad que tiene que ver con el aprendizaje y la socialización. La drogadicción se inscribe por lo general en un circuito de abuso más amplio, por ejemplo de las personas complementarias en los vínculos, maltratos de toda índole, mentiras, estafas, extorsiones, conductas de descuidos e irregularidad, violencia y transgresión de pautas de respeto mutuo, etcétera.
Encontramos que dentro de las familias existe una serie importante de ejemplos que exigen en forma inmediata la ayuda: adolescentes que no estudian ni trabajan, adultos que viven en una situación de dependencia, esposas que protegen a sus maridos adictos esforzándose por ser reeducadoras o madres de ellos, silenciando su propio sufrimiento, padres que han tolerado engaños y violencias en el vínculo con sus hijos o hijas, con la esperanza de que la complacencia y la incondicionalidad produjeran un camino de cambio, hermanos que tratan de frenar actitudes evasivas e irrespetuosas o bien que se preocupan por la destrucción y el abandono de sus hermanos adictos, adultos que sólo pueden trabajar si recurren a su dosis diaria o padres que no pueden confiar en pasar un fin de semana sin aplicarse la sustancia para estimularse o tranquilizarse.
Se pueden enumerar muchas situaciones más que presentan rasgos similares.
La sobreprotección, el hipercuidado, el no decir «no» o «basta» facilita estas conductas de descontrol y de irresponsabilidad. Justificar la conducta adictiva de alguien o pensar que no puede hacer algo distinto es descalificar los propios recursos de las personas para cambiar.
Hay que confiar en la transformación del individuo y no en la postura asistencialista o protectora. En el caso de la drogadicción, rehabilitarse es retomar el protagonismo y la responsabilidad personal en el cambio. Ese proceso requiere el cuestionamiento de la creencia del adicto de que «no se puede sin droga» (como si ésta fuera muleta o prótesis) y la modificación de pautas e hipercuidado, complacencia y justificación por parte de las personas complementarias en los vínculos con él. Hay que dejar de verlo débil, frágil e incapacitado, para que pueda restituir la responsabilidad en el cuidado de su propia vida.
Por último, es importante señalar que el consumo de drogas posibilita, directa o indirectamente, discapacidades. Contribuyamos a combatir ese terrible flagelo. *
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