Un plato caliente
Son los montevideanos que pasan la noche a la intemperie. Compartimos la misma ciudad pero mientras la mayoría está encerrada viendo la caja boba de la tele, ellos están afuera bancando el cruel tornillo que en la noche aprieta y duele.
Unos trapos para taparse y un par de cartones sirven para ablandar la dureza callejera. Los refugios se llenan temprano y algunos fraternales vecinos van a sus rincones con un termo de café con leche y algún trozo de pan. En los días del Montevideo de antaño, esos «condenados de la tierra» tenían algunos sitios donde la caridad de los hombres resplandecía por encima de la indiferencia de los privilegios de siempre. Por los barrios Sur y Palermo, los frailes capuchinos les daban un plato de humeante guiso y una grandota galleta de campaña.
Por Canelones y Minas había una puertita que se abría al mediodía para llenar de comida a esos platos de lata que aquellos desposeídos siempre cargaban entre sus pobres pertenencias. En El Bajo, allá en el Templo Inglés, pero en horas del atardecer se formaban largas colas buscando el alimento salvador.
A los linyeras de la zona se le agregaban los más humildes vecinos de los inquilinatos de la calle Reconquista y las pensiones de Brecha. Por suerte la comida, administrada con inglesa precisión por aquellos pastores, llegaba a todos y rara vez se armaba lío en esa enorme cola de gente. Ahí veíamos entreverados a changadores de la Aduana, decenas de inmigrantes europeos, mujeres de ambiente venidas a menos, y los bohemios empedernidos que por culpa de la milonga y la timba siempre estaba en la lona.
La institución que por esos años del 30 desempeñó un papel protagónico fue El Ejército de Salvación. Llegaron a tener varios locales solidarios en distintos puntos de Montevideo. Por la zona del Palacio Legislativo había unos enormes galpones donde comían y pernoctaban los más carenciados. Para el ingreso tenían condiciones muy rigurosas que determinaban una ducha obligatoria y también lavar las vestimentas.
Todo se supervisaba bajo la mirada de los llamados «soldados salvadores» con su tradicional uniforme azul y sombrero con una cinta roja. Un símbolo de esa institución fue cuando una madrugada llegó una mujer embarazada en un estado de total desamparo. Al poco rato de arribar, sin tiempo para trasladarla al hospital, allí mismo dio a luz mellizos. Todos los diarios recogieron la noticia y a los pocos días los depósitos del Ejército de Salvación se llenaron de ropas y alimentos.
Los mellizos habían hecho el milagro de iluminar el corazón de todos los vecinos y hacer brotar la semilla de la fraternidad entre los hombres. La banda musical de ese bondadoso ejército siempre tocaba en 18 y Río Negro, frente al London, donde sonaba su enorme bombo con inscripciones cristianas y las reluciente trompetas. Otra institución que ayudaba a los necesitados fue y es la Sociedad Filantrópica Cristóbal Colón.
Por el Cerrito de la Victoria había un inmenso comedor público que alimentaba gratuitamente a los más pobres del barrio y a los habitantes de los rancheríos de la calle Chimborazo. Antes y ahora ellos necesitan la tibieza solidaria. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
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