El humor
Cuando me siento confundido ante la realidad casi todos los días, suelo buscar amparo en textos viejos. Así empeñado, hallé esta descripción de Kundera sobre el humor: «Es el extraño placer que proviene de la certeza de que no hay certezas, lo que descubre la ambigüedad moral del mundo y la incompetencia del hombre para juzgar a los demás».
Ah, menos mal.
¡Puedo entender de otro modo lo que está ocurriendo con la enseñanza escolar! ¡No me vencerá la tentación del juicio apocalíptico!
A ver. Abundan las buenas intenciones: la obligatoriedad de la educación inicial para niños de cuatro años, el apoyo a la educación preescolar donde se mezcla la actividad privada y la decisión de que las comisiones de Fomento gestionen las obras en las escuelas públicas, destinando a ese fin, este año, un millón de dólares.
Empero, hay alrededor de diez mil niños que quedarán fuera de la cobertura de la educación inicial, persisten deficiencias y desigualdades en la educación preescolar y aún repican las denuncias de los docentes sobre falta de locales adecuados y materiales básicos.
Sólo con el humor es posible aceptar esta contradicción entre dichos y hechos. Sólo el humor abre camino hacia la comprensión. Sólo el humor impide que uno haga notar cómo la abundancia de programas y anuncios es aplastada por los hechos.
Abrazo como loco a Kundera y me sumerjo alegremente en esa inexistencia de certezas, en esa ambigüedad moral y en mi propia incompetencia para juzgar.
Y sí, entonces logro ver de una forma distinta al dueño de la bolsa, al ministro Astori, al hombre que prometió el 4,5% del PBI para la enseñanza.
Lo veo convertido en una viejita tierna que se esfuerza por tocar el timbre de la casa de los recursos.
¿La ayudamos, abuelita? le dicen unos maestros que casualmente pasaban por ahí, manifestando con pancartas.
Sí, por favor.
¿Y ahora? preguntan los maestros, después de tocar el timbre.
¡Ahora a correr! contesta la viejita, y sale como chijete. *
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