UNIRSE ES LA FORMA QUE HAN ENCONTRADO PARA SALIR DE LAS DIFICULTADES

Historias de mujeres de campo

A pesar de que cualquier uruguayo reconoce que somos un país agropecuario, que vive de los alimentos que genera el campo para el consumo interno y para la exportación, sólo 210.000 de los 3 millones 300.000 habitantes del Uruguay viven en el medio rural. De esos 210.000, 124.537 son hombres y sólo 94.099 son mujeres. Esto significa que al contrario de lo que sucede en la ciudad, donde predominan las mujeres, en el medio rural gran parte de la población es de sexo masculino. Pero no es sólo por eso que las mujeres del campo son una población olvidada; también se las discrimina en varios sentidos.

Generalmente, asociamos el trabajo rural con tareas duras y por lo tanto masculinas, pero lo cierto es que la mujer desempeña diversos trabajos, incluso pesados, que no son reconocidos. Al encuentro de mujeres rurales organizado por AMRU (Asociación de Mujeres Rurales del Uruguay) y efectuado la semana pasada en ALUR (Alcoholes de Uruguay), en la localidad de Bella Unión, asistieron mujeres que cultivaban caña de azúcar y otros productos.

Por otro lado, las mujeres tienen un rol central en las familas rurales, cuando desempeñan el clásico rol de amas de casa, lo que implica el cuidado de los niños, tareas de cocina y demás. En algunos casos, incluso son jefas de hogar. Esto no es menor: una importante parte de la producción agropecuaria está en manos de las explotaciones de 40.000 familias distribuidas en todo el territorio nacional, que producen el equivalente al 26% del valor bruto de la producción agropecuaria total.

El rol de sostén familar que cumplen muchas mujeres ha quedado en evidencia en las importantes crisis económicas por las que tuvo que atravesar nuestro país. En esas ocasiones, ellas han sido las que salieron a buscar alternativas. De hecho, AMRU surgió de una de esas crisis, ante la necesidad de las mujeres de agruparse para salir adelante.

 

Aguparse para subsistir

Según contó Teresita Buzzarino, una de las fundadoras de la asociación, los cimientos de AMRU surgieron en Canelones, en la zona de Migues, «cuando hubo una depresión muy grande y se dejó de plantar remolacha azucarera. Entonces Rosario García y Santos, quien era veterinaria en la zona, empezó a agrupar a las mujeres. De ahí surgió la posibilidad de hacer proyectos juntas. Luego, en 1994, se hizo la primera asamblea de mujeres rurales de la que participaron 180 personas, y allí se formó la asociación», dijo Teresita, quien explicó que AMRU trabaja con grupos de mujeres que se desempeñan en distintas actividades.

«Hay una diversidad de trabajo. Depende de las zonas del país lo que los grupos hacen. Algunas trabajan en cardo, en cuero y en lana. Las del sur trabajamos mucho en la elaboración de alimentos», señaló.

Un punto importante para la AMRU es la capacitación. Varios técnicos jóvenes las apoyan capacitándolas en las distintas tareas y ayudándolas con las distribución, que según Teresita, es «la parte más difícil».

«Las mujeres producimos, pero comercializar nuestros productos es lo más complicado», afirmó.

AMRU es una organización sin fines de lucro, que subsiste gracias a la ayuda de la organización holandesa Agliterra y está en vías de hacerse autosustentable, su principal meta en la actualidad. Como no puede comercializar sus productos, la asociación decidió crear «su brazo comercial, que es la cooperativa Delicias Criollas», una marca registrada a través de la cual elabora y comercializa productos alimenticios. Teresita dijo que llegar a Delicias no fue tarea fácil, y que les ha llevado «todo un proceso lograr elaborar con las mismas receteas y de la misma forma los distintos productos» .

La fundadora señaló que la AMRU ha crecido muchísimo en los últimos años, llegando a nuclear a 2.000 mujeres, y añadió que el objetivo de la organización es «defender la familia rural».

«No somos mujeres feministas, sino que luchamos por la familia rural, para que pueda seguir arraigada al campo», aseveró. Además, Teresita destacó: «Antes decíamos que éramos mujeres rurales con timidez; hoy lo decimos con voz fuerte, porque estamos orgullosas de ser mujeres rurales. Sabemos que nuestro trabajo es muy importante, a pesar de lo pocas que somos».

Paradójicamente, la sede de la AMRU está ubicada en la capital del país. Teresita señaló que esto es así porque «no hay más remedio, ya que todo está ahí: los permisos, las habilitaciones y los contactos». De todas formas, destacó que realizan permanentemente «giras para mantener el contacto con todos los grupos del interior».

 

Algunas historias de campo

Del encuentro celebrado la semana pasada en Bella Unión participaron más de 300 mujeres de todas partes del país, quienes compartieron sus historias y proyectos. Algunas de ellas aún no integraban AMRU, pero se acercaron para conocer cómo podían asociarse y formar uno de los grupos de trabajo.

Este fue el caso de María del Carmen, Nora y Mauren, originarias de la localidad de San Javier, departamento de Rio Negro. Mauren dijo que fueron para informarse qué podían lograr para para «un pueblo de descendienes rusos bastante olvidado».

«Tenemos riqueza histórica pero fuentes de trabajo y eso no hay», dijo Mauren. Señaló que están llevando a cabo cursos de capacitación para ver «qué sale».

«Creemos que podemos entrar en AMRU con la gastronomía y también con algunas artesanías», dijo la mujer, que tiene cuatro hijos y vive con su esposo, un empleado forestal.

«Las mujeres no tienen fuentes de trabajo, por eso estamos buscando algo. Después los hijos se van y te quedás sola ahí, en un lugar olvidado», manifestó.

Por su parte, María Carmen dijo ser viuda y vivir en la zona rural junto a dos de sus cuatro hijos. Allí tiene «unas hectáreas sembradas con sorgo». También teje e hizo cursos de envasado y pintura en tela, que considera conocimientos útiles en el grupo que va a formar.

Por su parte, Nora viene de una pequeña localidad del depatamento de Tacuarembó, y a diferencia de las representantes de San Javier, sí es parte de AMRU, y dice que su vida tiene un antes y un después desde el día que comezó a integrar Delicias Criollas.

«Yo comencé como feriante en una localidad de 3.000 habitantes. Me instalaba en un puestito y vendía tartas y postres, hasta que surgió la posibilidad de agruparnos y de participar en la primera Mesa Criolla. Nos visitó la directiva de AMRU y nos invitó a que lleváramos productos a analizar para que fueran certificados por el LATU. Para mí hubo un antes y un después de eso. Mandé alfajores, que era lo que se podía aprobar, y fueron un éxito. Ahí empezó el después», relató Nora. La tacuaremboense aseguró que desde el punto de vista económico esta posibilidad fue muy importante para su familia.

Teresita, la fundadora de AMRU, también contó su historia. Ella es de Las Brujas, departamento de Canelones, y allí vive en el campo, sola, ya que es viuda y sus dos hijas ya no están con ella. Dijo que en su predio tiene una pequeña quinta frutal y que trabaja en un grupo junto a otras tres mujeres, que producen bombones y mermelada. Al comienzo, su grupo estaba conformado por dos personas, que empezaron a trabajar con 1.000 pesos que habían pedido prestados a sus maridos para comprar los frascos. «Ahora somos un grupo autosustentable que trabaja todos los días», concluyó. *

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