¿Se quedarán?
Hay una pregunta hasta ahora no respondida.
¿Se quedarán definitivamente, convertidos en una suerte de maldición bíblica, para castigarnos por nuestros pecados? Hablo del oclerotatus albifasiatus y el sorofora ciliata, las dos especies de mosquitos resistentes al frío, y enormes, que nos han invadido migrando con las aguas desbordadas de ríos y arroyos.
Técnicos de Salud Pública, exquisitamente desconcertados, cual si hablaran de algo que pasó por su conocimiento sin detenerse lo suficiente, han dicho que no transmiten el dengue menos mal pero pueden causar otras infecciones. Consultados acerca de medidas protectoras, y en otro sublime esfuerzo por ayudarnos, han hecho tantas advertencias sobre el uso de aerosoles y productos similares que sólo dejaron en pie la construcción de mosquiteros en todas las aberturas de la casa.
Macanudo, seremos unos ermitaños. No iremos ni a la feria.
Pero ¿y nuestro ingenio? A ver, pensemos en algo original.
Por ejemplo, hacer la de San Dunstand, abad de Glastombury: rezaba extático, con los brazos en cruz, y un pájaro puso un huevo en una de sus manos abiertas. El monje siguió quieto por respeto al ave y sólo bajó los brazos cuando nació el pichón. Se cuenta que, de puro agradecido, el pájaro no lo molestó más y sólo piaba alegremente a la distancia.
¿Y si orásemos unidos de las manos, en medio del Parque Rodó, convocando a todos los mosquitos invasores para persuadirles de que somos buena gente?
Pensándolo bien, hay un riesgo: que en vez de un pichón broten a la vida cuatrocientas setenta y nueve ronchas en la cara de cada uno, dejándola como la de Charles Laugthon en «El jorobado de Norte Dame», que asustaba hasta a los maquilladores.
De todos modos, comparando con lo que nos ofrecen los que dicen que saben, creo que debemos arriesgarnos. De última, convertidos en una bola roja y desesperados por rascarnos, podríamos parafrasear a Milton: «Siento que soy más feliz de lo que me parece». *
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