Compromiso
Hablaba yo, el otro día, de la necesidad de crear empleos. No hacía otra cosa que reflejar la mayor preocupación de los uruguayos. Y había hablado yo, antes, de la importancia histórica del Compromiso Nacional, el cual –con participación y adecuada distribución de responsabilidades del gobierno, los empresarios y la central obrera– apunta al objetivo de dar vida, en lo que resta de esta administración, a unos treinta y cinco mil puestos de trabajo.
¿Ahora todo se está yendo a la mierda o me parece a mí, que, como siempre, puedo estar equivocado?
El PIT-CNT dice que no ve señales claras del gobierno y acusa a las patronales de haber abandonado su sitio por discrepar con la Ley de Tercerizaciones.
Las empresas dicen que esa ley debe excluir expresamente la contratación, limitándose a subcontratación, intermediación y suministro de personal.
El gobierno, al menos por ahora, no dice nada.
Hay dos cuestiones que me arden en la cabeza cual irritaciones pelvianas apretadas por el desplome de un abdomen excesivo. Una, el tiempo; no tenemos la vida entera para resolver esto. Otra, lo fácil que se destornilló un acuerdo que, en su momento, pareció ajustado por los mejores marcos, contra marcos y escuadras.
Algo hay que hacer, ya. De lo contrario, la credibilidad de los compromisos asumidos, en asuntos tan delicados, por los tres pilares de la economía –gobierno, empresarios y trabajadores– irá, a velocidad de la luz, hacia la noche más negra.
Y vea, lector, qué situación. Leí algo que no logré captar si me consolará o, cuando lo analice mejor, me empujará al suicidio genital.
Según los etólogos, fue particularmente arriesgado cómo el hombre obtuvo su libertad de acción, porque perdió, o se modificaron en él, normas de acción y reacción útiles para la conservación de la especie.
Por eso Gehlen dijo, estremeciéndome, que «es el ser más expuesto al peligro, el que tiene una oportunidad constitucional de sufrir desgracias». *
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