Cambalaches
Con el precio de las zanahorias por las nubes y los morrones aún más arriba, los vecinos veteranos se acordaron de los cambalaches. Es que allá por la década del 40, si necesitabas guita o estabas en la lona, la solución eran esos negocios. Agarrabas un objeto hogareño y lo empeñabas o vendías, según como anduvieran los flacos bolsillos. Lo importante era salir de la peladera, y los viejos cambalaches siempre daban una mano.
Fueron comercios de compra-venta y empeño que en su mayoría estaban en la calle Sarandí, aunque luego llegaron a todos los barrios populares. Por la Ciudad Vieja surgieron «El Gaucho» y «El Templo de Lyon», que entre su clientela tenían a gente de varios apellidos y rancios abolengos, que caían en la llaga por la timba o por culpa de acciones y bonos volátiles a causa de la Segunda Guerra Mundial. Por eso aparecían en sus vitrinas un sable del abuelo que había peleado en las Cuchillas o una peineta de marfil de la tía solterona. También brillaban en esas cambalachescas vidrieras los relojes de bolsillo marca Omega o Longines, junto a grandes prismáticos de los aristocráticos «turfman» que habían pelado los pingos lerdos.
En esos negocios que hasta inspiraron a la musa tanguera del genial Discepolín, las reglas fueron siempre las mismas. El plazo de empeño abarcaba 60 días y si no podías recuperarlo o pagar los intereses mensuales, entonces el objeto pasaba a ser propiedad del dueño del cambalache. Los vichones y curiosos se regodeaban frente a sus vitrinas. Un par de muñecas de porcelana recostadas en un oxidado fusil prusiano, muchos pisapapeles coloridos, colecciones de sellos, soldaditos de plomo, y sobre los maniquíes estaban los disfraces que se habían lucido en los carnavaleros bailes del Teatro Solís. En la pared del fondo, atrás del mostrador donde atendía don Isaías, siempre mirábamos un enorme pez espada que había vendido un marinero noruego desplumado por las francesitas de los cabarets de la Aduana. Por la querida Villa de la Unión hizo capote el que comenzó siendo un pequeñito cambalache de nombre «Centenario». Quizás el secreto de su éxito fue que compraban desde un viejo smoking que hizo pinta en el palco de Maroñas hasta juegos de muebles, con sus descomunales roperos. Por el Reducto, en San Martín y Rivadavia, apareció «Préstamos Rocha», y sobre esa misma avenida, haciendo esquina con Guadalupe, había otro cambalache que tenía el nombre de esa Virgen tan venerada.
Casi al lado del Bar Tasende, atrás de la Casa de Gobierno, llegaron a existir hasta tres de esos negocios casi pegaditos. Uno de estos era especialista en instrumentos musicales, y los novatos admiradores del gran Aníbal Troilo sabían que por poca plata podían comprar un buen bandoneón alemán. En el Paso Molino, por Agraciada casi el puente, había una casa de empeño que tenía mucha de la llamada platería criolla, es decir facones y espuelas de gauchos que habían llegado a la Rural del Prado.
Enloquecidos con el truco o las tabas se habían quedado sin guita para el pasaje y no les quedaba otra que agarrar para el empeño. En Goes fue famoso don Ferretjans, que empezó con un pequeño negocio de compraventa y logró un gran comercio que vivió hasta los años 70. Mariposas al lado de una pistola Luger, una enorme foto de Gardel recostada en un candelabro chino. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
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