Incontinencia
Es bravo ser un incontinente. Si me imagino con incontinencia urinaria mientras estoy haciendo un trámite en la Intendencia… ¡que me salve el profeta barbado!
Pero hay unas incontinencias que no dañan física ni psicológicamente de forma tan personal; aunque igual joden al incontinente, perjudican más a la sociedad toda. Por ejemplo, la verbal, que suele ser perpetrada por muchos legisladores.
Es curioso, pero ese hábito opaca decisiones parlamentarias relevantes, unánimes, que los ciudadanos celebrarían con mayor satisfacción de no ser arrasados, al mismo tiempo, por un aluvión verbalista cuya necesidad ningún humano normal podrá advertir.
El pasado miércoles, el plenario de Diputados aprobó una ley y una declaración sobre las inundaciones. La primera habilita un mecanismo necesario para ayudar a los damnificados; la segunda expone la sensibilidad del Poder Legislativo frente al drama y exhorta al Ejecutivo a utilizar, a fines de la reconstrucción, todos los recursos que estén disponibles.
Esto pudo haber sido acordado y resuelto en poco más de una hora. El proceso insumió cuatro veces más tiempo.
Nada, de todo lo dicho, se ignoraba. ¿Acaso el subconsciente de algunos diputados –no de todos, menos mal– les incitó a redundar, incluyendo algunos picotazos políticos, para hacer una suerte de descomunal catarsis?
Según Huxley, el lenguaje nos hace humanos y también nos puede destruir: «La persona inteligente vive en el lenguaje y luego va más allá del lenguaje mismo». Es decir, calla cuando no hay nada que decir, salvo que le pisen un callo o le roben la computadora. No rompe las gónadas ajenas gratuitamente.
Lo ocurrido en Diputados fue como el cuento «¡Qué lástima!» de Paco Espínola, donde uno de los personajes le ofrece a otro, con insistencia, una yegua:
-Usté, cuando quiera la yegua, va a mi casa y la saca… Cuando la precisa, va y saca la yegua… Y si yo no estoy, la saca igual… Y si la yegua no está… ¡usté la saca lo mismo! *
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