Sofisma
Entre tanto esfuerzo bien intencionado para crear una nueva cultura ¿económica, política?, he advertido una aseveración que me perturba como un sarpullido en la ingle: dependemos de grandes inversiones y mucha exportación, ya que no hay mercado interno.
Caramba, qué perverso sofisma.
Comencemos por ese mercado interno que supuestamente no existe. ¿Significa que tres millones de habitantes son pocos? ¿O que la capacidad adquisitiva promedio no alcanza para un consumo sostenible?
Quien tenga mi edad no hallará mejor ejemplo que la carne. Antes, siendo menos, consumíamos más. ¿Por qué? Ni a un solo productor ni a un solo frigorífico le interesa hoy el mercado interno; sólo quieren vender al exterior por unos mejores precios que empujan hacia adentro. A ver, ¿qué ha ido desapareciendo, carnicerías o frigoríficos? Pues las carnicerías, generadoras de empleo, ya que la industria no ha dejado de crecer en la concentración.
Nadie regula; por tanto, no hay plan.
Las grandes inversiones precipitan a esa concentración, sea en carne, lana, lácteos o la forestación y sus derivados. El empleo que sale de ahí es escaso. Vale la pena promover una producción, pensada para el mercado interno, que multiplique el trabajo. Esto tiene que ver con el uso de esa tierra que se está comiendo el dinero extranjero.
Lo he repetido tanto que me debería imponer penitencia: se necesita radicar gente en el campo. Multiplicar pequeñas y medianas unidades. Bajará el desempleo, las familias tendrán más plata y resucitará eso cuya realidad se niega: el mercado interno.
¡Si habrá un sofisma!
No se trata de negar la entrada a las inversiones extranjeras ni tampoco de trabar las exportaciones a gran escala. La cuestión es que «Don Paulino», o la carpintería de Julio, o el tambito de Parodi convivan con los frigoríficos de capitales brasileños o ingleses, con Botnia y Ence y con la mismísima Conaprole, que digo, de paso de cooperativa tiene tanto como yo de cura.
Compartí tu opinión con toda la comunidad