Funambulesco
A veces uno rezonga, pero con razón.
En este asunto de Botnia, la diplomacia, tal como yo veo las cosas ahora, sólo puede ser definida en su sentido figurado y familiar, ciertamente peyorativo: «Cortesía aparente e interesada».
Lo poco que la prensa ha traducido del encuentro en Madrid entre Uruguay y Argentina deja la sensación de algo funambulesco. Parece que se estuviera imitando a Gori Muñoz, aquel famoso decorador porteño que amaba los lugares cerrados y atmósferas oníricas llenas de humo de tabaco que todo lo difuma; por algo fue capaz de decir un día, de regreso de un viaje al campo al que unos amigos lo obligaron: «Al fin estamos lejos de ese sitio horrible, tan abierto, donde los pollos se pasean crudos».
No hay diplomacia aceptable, por más que el secreteo y las mentirillas supuestamente constructivas se aduzcan como indispensables para obtener nobles fines, si no se entiende que la transparencia es un bien intocable. Sólo por ella el ciudadano puede advertir si hay honestidad intelectual y comprender a cabalidad lo que ocurre. O sea, llegar a la verdad.
Acá está claro que hay gato encerrado, no transparencia. Porque creerse de un tirón lo dicho por tantas «fuentes» –que hay buen clima y que todo mejorará a partir de una agenda que incluye no sólo discutir los cortes de los puentes sino la localización de Botnia– es como comerse el amague hacia adentro de un zurdo cerrado que corre contra la raya. Y esto sin aludir a la declaración de Kirchner de que «no tiene una mala relación con Tabaré», la cual prefiero no comentar para no atragantarme.
El ciudadano –usted, lector, su vecino, yo, mi amigo el Turco, el quiosquero– merece respeto. Lo ampara un derecho constitucional, pero, además, es inteligente y ya ha olfateado a unos cuantos cangrejos debajo de esta piedra.
Los argentinos que hagan lo que quieran. Pero nuestros representantes no nos pueden dejar sin señas, a la deriva.
¿O en este truco no jugamos de compañeros? *
Compartí tu opinión con toda la comunidad