El desafuero

Fui y sigo siendo un aprendiz de revolucionario y cuanta más Historia leo, más lo siento así. Desde tal perspectiva trataremos el tema de los fueros parlamentarios que en estos días, como es notorio, será debatido en el Parlamento.

Lo primerísimo a señalar, en especial para la izquierda y demás fuerzas progresistas, es el carácter revolucionario de ese Instituto llamado eufemísticamente y desde hace poco «fueros parlamentarios», cuya verdadera denominación es «privilegios parlamentarios» usando la palabra «privilegios» sin contenido peyorativo. Fue, es, y será, una conquista revolucionaria. No podemos pasar por ella frívolamente.

Más de cinco siglos de lucha incansable, al principio en total inferioridad de condiciones, tenaz, sangrienta y dolorosa, intelectual y física, le costó a la burguesía (clase revolucionaria de esa larga época), aliada con los sectores medios y con el al principio naciente y cada vez más poderoso y combativo proletariado, imponerle al absolutismo monárquico su revolución política (la económica la impuso ANTES).

Millones de mártires dejaron su vida en esa generosa empresa que en la escala de aquellos tiempos fuera colosal.

Pero cinco siglos no bastaron: cada poco tiempo ayer y aún hoy, aparecen fuerzas reaccionarias que atentan contra aquéllas conquistas.

La piedra fundamental, y de toque, de esa Revolución, residía en los Parlamentos. En su existencia, poder y preponderancia o, por lo menos equilibrio, respecto de otros «poderes».

Y todo comenzó en Inglaterra allá por el año 1300. Aunque ellos, y todos después, se apoyaron en aun más remotos antecedentes (Grecia, Roma y ciertos derechos forales medievales que el absolutismo monárquico aplastó).

Como si se tratara de resucitar conciencia vieja aniquilada por el despotismo de toda laya y permanentemente revivida por la lucha de los débiles contra los fuertes; de las mayorías contra las minorías usurpantes; de la razón contra la irracionalidad que, en el caso concreto, estaban constituidas por la nobleza y el clero.

Recién por 1700 y luego de furibundas revoluciones y guerras, pudieron la burguesía y el pueblo (incluida en él la clase obrera), arrancarle a la nobleza y al clero el respeto irrestricto al Parlamento (en especial para Inglaterra a la Cámara de los Comunes) y, para garantizarlo, los privilegios de los parlamentarios.

Los «fueros» nacen por lo tanto, como los derechos humanos, y el «hábeas corpus» en 1300, pero recién logran asomar la nariz al Derecho Positivo, allá por 1700 y no sin posteriores retrocesos y avances hasta el día de hoy.

Como se ve: una Revolución política y social no es cuestión de cuatro días. Esa costó millones de litros de materia gris mezclada con sangre tanto en el plano económico como en el político.

Dichas conquistas de los revolucionarios ingleses y escoceses fueron ampliadas y mejoradas por las de los estadounidenses y franceses con ventaja pero, en estos decisivos casos, ya entramos en el año 1800 (cinco siglos después del comienzo).

Con un agregado crucial para nosotros: a esas Revoluciones nos plegamos.

La de George Washington y la de Lafayette (que militó en las dos), abreviando mucho para esta contratapa, abrieron las puertas, parieron, iluminaron y apoyaron, a las de Bolívar, San Martín, Artigas y tantos otros en América y España.

Un fantasma recorría Europa y América: la Revolución Burguesa.

Que conoció dramáticos retrocesos en ambos grandes espacios geográficos al extremo de la Restauración reaccionaria y a que hasta 1914 (comienzo real del siglo XX) las Monarquías, el despotismo y el absolutismo, seguían jugando un rol preponderante (y no sólo en esos lares). Con lo que estamos llegando a seis siglos para consolidar una Revolución. Pero esa cosa demoró mucho más aún, hasta 1945. con lo que nos aproximamos a siete siglos.

Dice Hitler en «Mi Lucha», páginas 65 y siguientes, Ediciones Trasandinas, año 2001, simpatizante con el Führer (con lo que estaríamos en los siete siglos), algo que también acostumbraba decir la Revista «El Soldado» y dice Iván Paulós (año 2007) que:

«La democracia del mundo occidental es hoy la `precursora del marxismo, el cual sería inconcebible sin ella. Es la democracia la que en primer término proporciona a esta peste mundial el campo propicio donde el mal se propaga después».

Y más adelante (página 66): «Difícilmente podrá imaginarse el lector de la prensa judía, salvo que haya aprendido a discernir y examinar las cosas independientemente, qué estragos ocasiona la moderna institución del gobierno democrático-parlamentario; ella es ante todo la causa de la increíble proporción en que ha sido inundado el conjunto de la vida política por lo más descalificado de nuestros días.»

Estas cosas fueron escritas en 1924 y aplicadas pormenorizadamente después. Son reeditadas ahora. Y lamentablemente debemos reconocer que aseveraciones demasiado similares, tanto a las del Führer como a las de Paulós oímos en estos días.

Siete siglos para una Revolución amenazada todavía; e inconclusa como veremos, en Uruguay y la región.

Siete siglos como para que hagamos la nueva, que ojalá no consuma tanto tiempo ni que, encima, sea amenazada y «reaccionada» cada poco tiempo hasta mil años después.

Pero las cosas son como son y debemos prepararnos para ellas. Mal que nos pese.

Y no hay institución parlamentaria, Parlamento alguno posible, sin «privilegios» (o fueros parlamentarios): eso está, desde el año 1300, en la «tapa del libro».

El Parlamento es la institución que tiene más poderes pero al mismo tiempo la más inerme de todas. ¡Raro invento el de la libertad!

Fue, es, y será por ello, desde 1300 a la fecha, que para garantizar el ejercicio pleno y libérrimo de tamaña soberanía, contra todo tipo de despotismo, que la humanidad inventó un SISTEMA que por un lado instala incompatibilidades y prohibiciones (los parlamentarios no pueden hacer ciertas cosas que puede hacer toda la gente) y privilegios: los parlamentarios, así fue reclamado a sangre y fuego hasta nuestros días, desde la Asamblea de Florida en nuestro caso, allá por 1827, serán, deben ser, inviolables y, también, «irresponsables».

Despojemos por un momento a la palabra «irresponsable» de la connotación común y corriente para observar la histórica: antiguamente sólo los monarcas eran «irresponsables», es decir, no podían ser sometidos a juicio o a prisión por sus dichos y decisiones ya que eran los ejecutores de la «soberanía».

La Revolución Burguesa, consistió, entre otras cosas, en extender ese «fuero» o «privilegio» a los parlamentarios: no pueden ser perseguidos de alguna forma por los dichos y los votos formulados en el ejercicio de sus funciones. Es un «privilegio» o «derecho» vitalicio. Es obvia la razón: garantiza la independencia del Poder Legislativo y, concretamente, la de cada Representante.

No olvidar que antes, y durante siglos, cada parlamentario fue preso, asesinado y ahorcado por esas cosas. Bastaba y basta amenazarlos con ello para que las leyes sean las que el poder de turno quiera. Se requerían héroes (que los hubo) para resistirse a tamaña presión.

Y son inviolables (los representantes de la plebe son «sacrosantos» decían ya los romanos en el comienzo de nuestra Era ordenando, además, que cualquiera debía matar al que violara tal norma). Imaginemos la situación bajo el absolutismo monárquico para tener una idea de lo que le podía pasar a un Delegado o Representante.

El Poder Judicial pertenecía a los Reyes… La Policía, como hoy, también.

Se trata de un histórico Instituto revolucionario que protege al Poder Lesgislativo según la Historia y nuestros más graves jurisconsultos, de la Policía y del Poder Judicial. Y, según Jiménez de Aréchaga, escribiendo en la década de los cuarenta, del futuro Poder de mero carácter Administrativo que venía creciendo («Teoría del Gobierno», Tomo II,
Fundación de Cultura Universitaria, página 66).

Fue Profeta. Sólo debemos agregar el Cuarto Poder creciente: la Prensa cuya dimensión no pudo imaginar Don Justino, porque no leía «Búsqueda», ni podía citar el «caso Nicolini».

Pero además, y por si fuera poco, busca garantizar y defender a la Minoría. A la Oposición. Procura salvaguardar el hecho de que ella pueda organizarse y actuar sin obstáculos de tipo alguno.posición.

Para ejercer la obvia función de control sobre las mayorías y el Poder Ejecutivo que, aún hoy, en materia de Fiscales, tiene cierta influencia restante sobre el Poder Judicial.

Pero es todavía más aún: protege a los Representantes y Senadores de «los Jefes y Directores de cada Partido» (Bauzá) tratando así de evitar cualquier presión, hasta la más mínima, contra el Parlamento y sus integrantes. Continuaremos. *

(*) Senador de la República. Escritor.

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