La lectura
¿Desde cuándo amo la lectura? Era muy chico, más me vale olvidar el año. ¿Y qué me indujo? Varios sabios que pusieron en mis manos los libros adecuados y me dijeron, dulcemente persuasivos, lo que había que decir para que yo me entusiasmara.
Mencionaré a tres de esos sabios: mi primer maestro de periodismo, Ariel Chabalgoity; Paco Espínola, en el boliche de Curbelo, en San José, hablando de sus admiraciones; y el hermano Plácido, de la Sagrada Familia, que me explicó, con ingenio y paciencia santa, a los clásicos.
Esos sabios son hoy una especie en extinción. Pero, como dijera Umberto Eco, un buen bibliotecario podría cumplir con tan noble misión.
¡Si habrá necesidad de leer! Vivimos una época en la cual la fosforescencia de las pantallas y la rapidez con que circula la representación de la vida han creado una cultura extraña, la cultura de la ansiedad, de lo superficial. Tan es así que las autoridades de la educación advertidas de este proceso de implosión cerebral han anunciado un plan para fomentar el hábito de la lectura desde la más temprana edad. Ya he reflexionado acerca de esto; pero ha aparecido un problema inesperado que me obliga a insistir: un censo del Ministerio de Educación y Cultura demostró que el setenta por ciento de las bibliotecas carece de personal capacitado.
Algo tan dramático como llamar a leer y que no haya libros.
Hay que ser muy prudentes al anunciar lo que se hará, cuando eso que se quiere hacer es, en los hechos, una mera declamación entusiasta, seguramente compartible pero sin relación con una realidad no investigada antes y que hoy se interpone como un obstinado inconveniente.
Si no se entiende cuál debe ser el primer paso y cuánto cuidado hay que poner al darlo, las cosas no caminan.
Porque hablando precisamente de bibliotecarios, Eco también dijo que una conversación con ellos «a veces representa un placer intelectual y otras se convierte en un delicioso té acompañado del Sombrerero Loco». *
Compartí tu opinión con toda la comunidad