Pueblo unido
El jueves pasado proponíamos un «siempre más» en lugar de un «nunca más». Porque en tiempos de globalización, que son los de hoy y no los del pasado, la internacionalización sopla con fuerza que parece incontenible y aplastante. Por lo tanto conviene tener en cuenta la «cuestión nacional» y más cuando discutimos nuestra inserción internacional.
Lo internacional supone lo nacional y esto no es posible sin la unidad del pueblo. No inventamos nada y ocioso parecería explicar que desde el punto de vista «técnico», usamos la palabra «pueblo» como expresión de una alianza estratégica que incluye a vastos sectores. Así lo hemos declarado en documentos políticos públicos.
Nos definió y define como país, Estado y nación, un proyecto que nació antes de que esas tres cosas hayan existido: nos referimos a la libertad en su máxima extensión imaginable tal como propuso Artigas en 1813 tratando la libertad religiosa. Pero esas Instrucciones y otros documentos, como así también hechos concretos memorables (la «Libertad o Muerte» de 1825, por ejemplo) ratificaron ese anhelo adelantado a su tiempo. A los orientales nos define la libertad que a veces hasta se achaca como defecto…
Nos definió y define la democracia en sus más profundas y comprometidas formas porque desde el principio, con los cabildos abiertos y porque «mi autoridad emana de vosotros y cesa ante vuestra presencia soberana», marcó, incluso a sangre y fuego, claras fronteras demarcatorias porque las ideas, que no se degüellan, se transforman en realidades tangibles.
Nos define la justicia social desde los albores de nuestra conciencia nacional: que los más infelices fueran los más privilegiados; que los indígenas marginados fueran los portadores del mayor «derecho», y otras ideas parecidas, eran mucho más adelantadas a su tiempo que las anteriores. Nos marcaron, fueron innegociables, y se pagaron caras desde el principio, a lo largo de la Historia, y hasta nuestros días.
Fuimos además «la tierra purpúrea»: una marca fronteriza entre los más poderosos imperios del mundo. «Manzana de la Discordia» también, pero entre ellos. Invadidos por todos los que podían hacerlo con intrigas y con armas.
Es eso lo que pautó un acendrado sentimiento de independencia física y mental. Más por la experiencia dolorosa que por otras razones; sufrida sin tener nada que ver en contiendas ajenas que golpeaban acá.
Esos sucesivos y combinados asuntos, nos hicieron a la postre tierra hospitalaria. País con vocación de paz.
De negros huyendo de la esclavitud cercana, indios insumisos, perseguidos de toda laya, asilados políticos, multitudes políglotas expulsadas por la persecución, el hambre y las hecatombes.
Y fue posible en los hechos, y no en las palabras, que tales contingentes humanos, de distinta nacionalidad, color de piel, idioma, religión e ideas políticas, convivieran y se integraran hasta el punto de no percibirse diferencia en pocos años.
Reconozcamos que sin embargo la convivencia pacífica entre los orientales no ha sido fácil. En especial durante el siglo XIX, cuando los partidos fundacionales nacieron en un campo de batalla (no fue un Congreso) y se enfrentaron después en demasiados otros. Tampoco lo fue en el siglo XX.
Es sorprendente que los contingentes humanos que fueron llegando a nuestras colinas, también se integraran rápidamente en esas convulsiones de arma en mano entre blancos como blancos y entre colorados como colorados.
En suma: libertad, democracia, justicia social en la erradicación de la pobreza y el reparto equitativo de los bienes, independencia física y mental y, por fin, convivencia pacífica y vocación solidaria de paz nacional e internacional, fueron y son valores supremos que nos definieron y definen como lo que somos: el compromiso político de una comunidad clara y distinta que llamamos República Oriental del Uruguay.
Hoy es dable ver y oír mejor que ayer cómo los diversos intentos y veleidades imperiales tratan tenazmente de dividir a los pueblos débiles o a los pueblos «objetivo» («target» en inglés): aquellos a los que por una razón o por otra se quiere dominar, explotar o manipular.
No escapamos a esos afanes. Y debemos por lo tanto estar alerta.
Mejor que un «nunca más» es un «siempre más» referido a esos valores que identifican y salvan.
Fueron y son ellos la prevención, el remedio y la cura de los males que atacamos.
Los uruguayos no tenemos ni tendremos vastos territorios, economía de guerra pesada, ni potencia material para defendernos.
Sólo tuvimos, tenemos y tendremos ideas: esa finalmente inexpugnable fortaleza.
El pasado es el sitio de lo irreparable. No hay reparación que cure culpas, errores, heridas y crímenes pretéritos.
Ni tan siquiera los remordimientos, que pueden ser el mayor castigo cuando se tiene cabal conciencia de culpa.
Tampoco el perdón repara (en ese caso al culpable).
Aunque todo ello es muy valioso, resulta insuficiente.
La única curación fuerte en ambos sentidos y al alcance de los seres humanos pende de una cosa llamada «voluntad» que se expresa exclusivamente por la «acción».
Es leve (una decisión) y fuerte (una acción) al mismo tiempo. Pertenece al presente y al futuro. Jamás habita en el pasado.
Provenientes como somos de una civilización judeocristiana, creyentes o no, podríamos estar de acuerdo en reconocer ese viejo descubrimiento que está en la tapa del Antiguo Testamento. Según él, así fue que Dios creó el mundo.
Al decir criollo: somos todos buenos pero el poncho no aparece. La cuestión es que aparezca.
Si hoy, bajo un cielo de tormenta aciaga nos pasa galopante, como a Platero, un burro negro rebuznando por la calle de nuestro establo estremeciéndonos; si hoy el remordimiento por un beso no dado a quien ya no está; o por no haber estrechado una mano que debimos estrechar y que ya no está; si hoy esas cosas y otras parecidas pero más graves afligen, no hay otro remedio que la voluntad de hacerlo. Y hacerlo antes de que sea tarde.
Si hoy no queremos o no debemos perdonar, no perdonemos. Nada ni nadie nos puede ni nos debe obligar.
Pero exijamos entre culpables e inocentes, a los culpables y a los inocentes, sean quienes sean, creamos según nuestro leal saber y entender intransferible quiénes son unos y otros, cierta voluntad y su acción concreta.
Puede y debe haber otras reparaciones. Pero ésa es la mayor: la que actúa. Por lo tanto la que vive en el presente y proyecta consecuencias al futuro.
«Por las obras los conoceréis», dijo Jesús en estos días.
«A los oportunistas hay que mirarles las manos y no la boca», dijo Lenin.
Ambos decían lo mismo, jugaban al mismo juego con las mismas reglas, porque se trató de verdades viejas que aceptaron.
Dada la inexorable situación geopolítica, el peor enemigo que tiene la existencia de Uruguay es la pobreza y la injusticia social; sin bienestar colectivo son imposibles la libertad y la democracia, y es difícil la convivencia pacífica.
Porque además debemos estar vigilantes contra todo tipo (sin excepciones) de injerencia externa en nuestros asuntos. Contra intrigas o actos ajenos que buscan dividirnos y que podrán hacerlo sobre tamaña pradera de orégano.
Debemos pensar con nuestra propia cabeza incluso cuando pensamos para la región y el mundo; equivocarnos por cuenta propia. No ser títeres inconscientes ni conscientes.
Una larga experiencia nos ha demostrado hasta el hartazgo que no somos ni más ni menos que nadie, que con libertad ni ofendemos ni debemos temer, que la caridad bien entendida empieza por casa y que nada debemos esperar sino de nosotros mismos.
Es por eso que en la izquierda uruguaya es conveniente tratar de pertenecer a la izquierda uruguaya. *
(*) Senador de la República. Escritor.
Compartí tu opinión con toda la comunidad