De gauchos y vecinos
El Domingo de Ramos marcaba el comienzo de una semana distinta. En todas las matinés, los biógrafos se llenaban de vecinos que muy devotos veían otra vez aquella cinta muda que todos llamaban «La Pasión». Por el Paso Molino, hasta las abuelas muy viejitas iban al Alcázar donde antes de entrar charlaban con su gerente el crack futbolero Canavessi. Los que no eran creyentes rumbeaban para el lado de unos enormes galpones en el Prado que comenzaron a recibir el nombre de La Rural. Los negocios de Agraciada llenaban sus vidrieras con la denominada «platería criolla», brillantes espuelas, facones grabados y cinturones con relucientes hebillas. Esos comerciantes querían que el gauchaje de visita compraran en el barrio y no se alejaran a sitios como Introzzi donde los esperaban con sus tentadores «catálogos camperos». En aquella Rural se jineteaba muy fiero y entre el público no faltaban los clandestinos que levantaban apuestas sobre jinetes y potros. El Rosedal del Prado flotaba en la melancolía otoñal de aquel 1930. Entre sus rosas y canteros abundaban los fotógrafos de largas túnicas que con sus cámaras de cajón hacían estallidos y humo con el tradicional magnesio. Aquellas fotos ahora son viejísimas postales que en la feria de Tristán Narvaja o con los anticuarios sabatinos de la Plaza Matriz, nos muestran parejitas eternizadas en el tiempo.
Por todo el Rosedal se veían a gauchos de enormes sombreros que muy picarones vichaban de reojo a las vecinitas sentadas con sus tías en unos largos bancos pintados de un intenso color amarillo. Esa fiesta de El Prado se cargaba de patriotismo porque vivíamos el Centenario de la Jura de la Constitución. Al ingresar a la Rural todos los espectadores recibían una escarapela con los colores artiguistas para los caballeros y unas banderitas para las damas y niños. Hasta los boliches del barrio cambiaban su fisonomía. Por Agraciada y Emilio Romero estaba el cafetín «Negro y Azul», lleno de coplas y payadas de esos paisanos de visita. Su dueño, el arquero Batignani detrás de la grandota caja registradora imponía gran respeto. Los vecinos más vivarachos se hacían unos vintenes ofreciendo hospedaje a los capataces que no querían quedarse en los galpones. Entre los jardines muy coquetos y las enredaderas trepadoras, aparecían de la noche a la mañana unos gauchos madrugadores que haciéndose los distraídos relojeaban el panorama femenino del barrio. Por el Café Copacabana, los guitarreros le daban a sus violas. Hacían tremendos contrapuntos alentados por los bullangueros vecinos, y hasta las señoras de la cuadra que miraban desde la puerta. Más pitucos, los estancieros que también llegaban por esos días, copaban la «Confitería del Paso». Ahí estaban acompañados por sus familiares y algunos de sus «patrones de tropas» de confianza. Lucían cintos con moneditas de plata y oro y charlaban con los clientes habituales de esa confitería que eran los propietarios de las residencias del Prado. Por los galpones, la peonada compartían una botella de caña y escuchaba de los más veteranos sus historias de la Patria Vieja. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
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