Violencia
Me disculpo porque este escaso espacio me obligará a simplificar unas cuestiones complejas a las que deseo referirme.
La agresividad es innata, pero desde el principio de los tiempos la domesticación ha permitido controlarla sin que el ser pierda su esencia.
La violencia es, intrínsecamente, la aplicación de medios para vencer la resistencia de otro, o dominarlo, y sus características, intensidad y consecuencias han ido variando por la propia evolución de la especie, los procesos culturales y hasta el desarrollo de la tecnología.
Dicho esto, me reconforta que haya un movimiento cada vez más numeroso de mujeres y hombres dispuestos a erradicar la violencia doméstica.
La razón aludida al comienzo impone que haga un mínimo aporte a las ideas que está debatiendo ese movimiento, que empezó por visualizar y aceptar el fenómeno que ahora combate. Ya tendré oportunidad de expresar otros postulados.
Quiero recordar pensando en la cultura, que nunca ha dejado de ser hija de procesos muy similares a reflejos condicionados dos notables experiencias vividas por Margaret Mead. Una fue entre los arapesh, tribu de Nueva Guinea que, al decir de Aldous Huxley, constituye una sociedad no violenta y cooperativa que ha puesto los más altos valores en el amor y la amistad: «La madre arapesh, al amamantar a su hijo, murmura constantemente ‘bien, bien’, y mientras el niño succiona la leche lo frota contra el padre, otro familiar o amigo y hasta contra el perro o el cerdo del grupo, de manera que el pequeño se cría con una especie de reflejo condicionado para sentir amor, confianza y benevolencia por los demás». La otra experiencia fue entre los polinesios que han desarrollado la «familia múltiple»: toda la tribu se responsabiliza de un niño, que es libre, apenas camina, de ir de un sitio a otro donde siempre hallará idénticos derechos y responsabilidades.
La gran paradoja es que, a veces, hay cosas tan simples que uno ni siquiera repara en ellas. *
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