El eje
Con cierta picardía, atisbada tras su elegancia británica -tenerla y pertenecer al Fidel no implica contradicción ideológica alguna- el diputado Doreen Ibarra, aludiendo a la renuncia de Zaidensztat a la DGI, me dijo: -Yo esperaría seis, ocho meses a ver dónde se para políticamente.
A este comentario pronto se sumaron otros, sugiriendo, ante mi sorpresa -ya he dicho que puedo ser más ingenuo que Antonito, el novio de Shakira-, la creación de un nuevo eje político, de origen colorado pero de futuro aún indefinido. Sus miembros serían Atchugarry, Costa, Zaindesztat y algunos más.
Es gente que se retiró del escenario a tiempo, con la foja limpia y abrigándose en la actividad técnica, sin siquiera chamuscarse en el incendio que consumió electoralmente a su partido, ese que creó Rivera, que fue de Batlle y Ordóñez y al que hoy siguen despedazando a dentellada limpia los dos viejos mastines: Sanguinetti y el que a veces ladra desde estación Carnelli.
Es gente, además, muy amiga del actual ministro de Economía, a quien, aunque no se admita oficialmente, le ayudaron a armar la Reforma Tributaria. Un ministro que, por otra parte, halla dificultades considerables, pese a su capacidad intelectual y a sus contorsiones verbales, para impedir que la opinión pública alimente hipótesis acerca de sus deseos de ser candidato a las próximas elecciones.
Caramba. Qué interesante panorama. Ya sé, es todo muy especulativo y es demasiado pronto para que se revelen estrategias definitivas. Pero, como quien no quiere la cosa, el supuesto y por ahora silente eje ha pasado a concentrar miradas políticas desde diversas posiciones y perspectivas. Y ya hay desconcertados y preocupados.
¡Cuántas combinaciones posibles! ¡Cuántas carambolas a más de una banda! ¡Cuántas sorpresas puede dar la vida!
Russell dijo que «las mejores personas deben su excelencia a una combinación de cualidades que se hubieran creído incompatibles».
¿Y las mejores opciones políticas?
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