Ovitrampas
Al finalizar la Primera Guerra Mundial el escritor francés Paul Valery afirmó que las civilizaciones eran mortales y que «nosotros abordamos el porvenir marcha atrás».( Quagliotti de Bellis, semanario «Crónicas», viernes pasado, página catorce)
Imagino a un tipo llegando a Punta del Este a toda velocidad pero marcha atrás. Eximios mecánicos de un «racing team» le pusieron la caja de cambios al revés y el tipo, como ya tenía así las neuronas, produjo maravillas en pistas y calles.
Ganó carreras, lo quiso contratar un circo, participó en un «Gran Hermano» y, tanta fue su fama, que pronto puso de moda esa caja de cambios y estilo de manejo: no había ninguna ordenanza municipal que lo prohibiera.
Pero luego de que el asturiano Alonso ganara el Mundial de Fórmula Uno corriendo marcha atrás, la población del planeta pasó a emularlo.
Ello dio lugar a grandes controversias callejeras con los inspectores en torno al hondo problema filosófico de si el auto que avanzaba marcha atrás iba a contramano.
La Suprema Corte, luego de sendos dictámenes de Cagnoni, Casinelli Muñoz, Korzeniak, Gonzalo Fernández y la Facultad de Ciencias, concluyó que no se debía mirar la posición del vehículo sino el sentido de su marcha ya que profundizar acerca de si eso es un avance o un retroceso reposa exclusivamente en el sagrado inviolable e inalienable (sic) fuero íntimo de cada persona con la única excepción de que exista sentencia firme de juez competente (qué jueces son competentes en la materia pasó a generar otra colosal pendencia irresoluta irresuelta hasta nuestros días).
A partir de entonces fue obligatorio andar a contramano y contraflecha.
Las ordenanzas municipales prohibieron viajar mirando para adelante y los que llegaban de ese modo a Punta del Este eran apenas algunos extravagantes privilegiados de la farándula: lo hacían para llamar la atención.
Esto, según los ingenieros y los médicos, tenía grandes ventajas: eliminó los choques de frente y, de paso, pudieron eliminarse los cinturones de seguridad con grandes ahorros para la industria automotriz. Se pudieron colocar las calcomanías en el parabrisas (además de las lunetas donde se ubicaron los muñequitos y el CD para despistar inspectores). Era mucho más fácil meter y sacar los autos del garaje como asimismo estacionar ya que se lo hacía como siempre: marcha atrás que ahora era para adelante: una «papa».
Era más fácil huir de los «zorros grises» ya que andar marcha atrás en moto resta velocidad.
Los velocímetros pasaron a marcar velocidades negativas, con lo que mejoró el aprendizaje de las matemáticas en los liceos y universidades en las que pronto se llegó a sostener (matemáticamente) que los autos no envejecían sino que rejuvenecían ya que cada día tenían menos kilómetros recorridos. Evidencia científica de carácter demostrativo (como el teorema de Pitágoras) que cualquiera podía comprobar mirando el tablero.
La gente aseveraba, además, que el paisaje era mucho más disfrutable: en vez de verlo venir a toda velocidad y pasar por el costado vertiginosamente sin tiempo para leer los carteles de propaganda, ni a las mujeres, uno lo veía irse y, como los carteles fueron puestos al revés, resultaron más aprovechables; de lo otro mejor no hablar.
El parabrisas, mucho más ancho que la luneta, permitió disfrutar de más anchos panoramas… Cinemascope, pantalla gigante… Aunque hubo fanáticos de la seguridad en el tránsito que propusieron sin éxito eliminarlo de un plumazo con otra mampara.
Para manejar apenas si eran necesarios los tres espejitos retrovisores, lo que permitió eliminar para siempre los encandilamientos.
Pero el argumento principal fue que manejando de ese modo se podía aprovechar mejor la experiencia.
Uno podía ir viendo no sólo los restos de su reciente choque sino hasta las víctimas propias y ajenas. Podía observar cómo había pasado con la roja y el mejor modo de pasarla, las imputaciones referidas a su madre que los transeúntes proferían, cómo había tomado cierta curva y hasta cómo quedaban de agua y barro, en el cordón de la vereda, los días de lluvia, esos desamparados peatones que no miran los charcos y creen en los Santos Evangelios.
En suma: se alegaba que de ese modo se aprovechaba mejor la experiencia. O, más tajantemente: el pasado.
Bien: así, como en este cuento, y de acuerdo con Paul Valery, me veo y veo a todos tratando de encarar el futuro marcha atrás.
No pudiendo ni queriendo verlo sin las gafas del pasado.
No queriendo imaginar que pueda haber algo nunca visto, nuevo, imprevisto, distinto…
Por poner uno de los miles de ejemplos disponibles:
En estas horas de calentamiento global, escasez creciente de petróleos livianos y baratos, crecimiento demográfico y económico en gigantescos países, la humanidad trata casi desesperadamente, con crueles guerras inclusive, de encontrar soluciones para los combustibles. Se piensa y actúa en torno a la energía nuclear, el carbón, el gas y en todas las formas imaginables de fuentes alternativas desde los biocombustibles hasta la geotérmica pasando por la eólica.
Pero es poco, muy poquito, casi nada, lo que se habla o escribe acerca del automovilismo: esa civilización creada por el motor de explosión y basada en un endeble océano de petróleo barato.
Acerca de la eficiencia energética también se habló muy poco aunque debemos reconocer que ahora comienza tímidamente a intentarse algo.
Puestos los grandes números de cualquier manera que uno quiera. Mirados en todo sentido, es muy difícil, por no decir imposible o suicida, intentar resolver el problema energético mundial manteniendo y ampliando el despilfarro expresado por una civilización que ha transformado, entre otras cosas, el auto particular en un fetiche.
Porque claro: mirando para atrás, sólo vemos autos. Un pasado lleno de autos. Y no queremos imaginar un futuro inexorable en el que no haya tantos: nos resulta inimaginable. Nos negamos a mirar para adelante.
Las calles, las ciudades, la urbanística, los paisajes, las autopistas, las fábricas, los talleres, el montón de riqueza que eso traga y amasa y la que ya tragó y está amasada, el modo de vida, los accidentes y hasta la ortopedia: en fin, una ciencia y toda una cultura, es decir: una civilización despilfarrante gira en torno a los autos. Y no podemos, ni ante la cruda realidad, imaginar otra mejor.
Por lo tanto, esclavizados como no puede ser de otra manera por el fetiche, salimos desesperados a conseguir nafta para seguir estando contentos, aunque eso nos mate en masa como cualquier otra drogadicción.
Lo soy: fumo. Y Tabaré me lo prohibió en locales públicos cerrados por decreto. Está bien: lo acato (más o menos).
Pero Tabaré sabe que lo que yo (y todos, en especial los niños) fumo, es humo de caño de escape. Y, como se dice contra el tabaco: «Usted puede parar de fumar pero yo no puedo parar de respirar», se podría decir: «Usted puede parar (el auto) pero mis hijos y nietos no pueden parar de respirar». Con el agregado de que los autos fuman siempre en espacios públicos. Espacios que además construimos y mantenemos amorosamente para que ellos fumen confortablemente a un alto costo que pagamos todos (los que tienen y los que no tienen autos). Ocupan más espacio que la gente. Por ellos sacrificamos parques, bosques, canchas de fútbol, jardines, ciudades hermosas… Y, encima, pagamos.
No se trata de prohibir el auto pero sí de reprimirlo como al dengue (es muchísimo más dañino pero estamos acostumbrados a su droga). Ahora estamos votando dos leyes increíbles: por una creamos un órgano desconcentrado (¿Un nuevo ente autónomo?) para manejar el tránsito y por la otra no sólo sus leyes y códigos sino sus sanciones penales porque como todos sabemos, el auto es el principal asesino y mutilador de jóvenes en Uruguay (y en muchos otros países). No es el dengue ni la
s enfermedades cardiovasculares; tampoco el cáncer: es el auto.
Somos de no creer.
Porque lo que habría que hacer y votar es una Gran Ley que limite el uso del auto particular y fomente todo tipo de transporte colectivo (ómnibus, tranvías, ferrocarriles, subterráneos, taxis, remises, autos de alquiler…) y vehículos no contaminantes (bicicletas, autos eléctricos, caballos…). No se rían de los caballos que hoy tiran de carritos matriculados y andan por todo Montevideo, donde los tranvías comenzaron de a caballo.
Bien sabemos que tamaña ley revolucionaria es demasiado pedir para la izquierda como para la derecha que en Uruguay, como es sabido, son módicas. Ni qué hablar del ultracentro uruguayo.
En realidad, como «Platero y yo», estas líneas van dirigidas y dedicadas «a la inmensa minoría».
Lo del título: sería bueno ponerle algún día ovitrampas a los autos. *
(*) Senador de la República. Escritor.
Compartí tu opinión con toda la comunidad