Carnaval
Haré una terrible confesión: soy inmune al encanto del Carnaval. No voy a desfiles, llamadas ni tablados. Me siento cual ominoso Aedes aegiptii entre simpáticos mosquitos con los que, hasta hoy, había una convivencia veraniega en medio de afectuosos manotazos y tiernos golpes de paleta, protegida por inofensivos espirales. O sea, el enemigo público número uno.
Pero que el Carnaval me sea indiferente no impide que la descomunal batahola por los recientes premios del concurso de agrupaciones despierte en mí uruguayo atípico y quizá peligroso una sorpresa considerable.
Y se me han ocurrido unas reflexiones.
Cuando alguien le pregunta a otro qué la parece una cosa, es para que ese otro diga que le parece lo mismo que a él. Como decía un célebre humorista, «si el otro opina distinto el tipo se aluna». Y agregaba: «Cuando el tipo está bien ubicado en el balcón para ver el desfile y quiere que el cuñado lo vea como él, con dejarle el sitio basta: Vení, ponete acá».
Es más complicado ceder la posición donde uno forma el juicio: en la intimidad subjetiva.
Para que algo observado entre varios sea visto por todos sin diferencias estrepitosas, debería darse un fenómeno inusual en este mundo donde la gente cada vez se encierra más en sí misma: incorporar a la visión personal, con tolerancia y respeto, la visión de los otros.
Y bien, lo que diré espantará a más de uno.
Si la incorporación de la visión ajena, tal como la realidad revela, es ilusoria, quedan dos recursos para que una fiesta popular de tanto arraigo no se arruine al final.
Una es que el resultado dependa de una democrática votación popular.
La otra es que los integrantes del jurado hagan el extraordinario esfuerzo del loro: con pico y sin dientes, y con cuerdas vocales, paladar y un aparato reproductor totalmente diferentes a los humanos, imita nuestro lenguaje. Nadie sabe cómo, pero lo hace a la perfección.
Entonces, al menos, tendríamos asegurada la unanimidad de los fallos. *
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