La moña bien atada, formaditos por altura y a empezar…
Desde hoy la ciudad lucirá diferente. Los ómnibus estarán más llenos. La calma del verano se romperá. Los padres esperaban con ansias este día. Los niños también, pero a sabiendas de que con él llega el fin de las vacaciones. Para otros será historia conocida.
«Los niños deben amar a la escuela, se deben enamorar de ella», dijo Mónica, una maestra del departamento de Artigas. Ese amor tiene el olor a la viruta del lápiz, a goma recién comprada, a merienda y recreo. Los niños volverán a clases con el pelo recién peinado y las túnicas blancas luciendo majestuosas. En agosto, las madres recordarán con tristeza aquella inmaculada imagen.
Volver a clases «es como volver a soñar», expresó Milka. Con su voz gruesa, uno imagina que no debe costarle mucho imponerse en la clase. Ella enseña a niños de sexto año en una escuela del Prado. El sueño al que se refiere Milka se transmite de generación en generación. Comenzó hace ya mucho tiempo, cuando José Pedro Varela soñó también una escuela pública para todos los niños, allá por la década del setenta del siglo XIX.
Hoy se sentirán los primeros rezongos de las maestras, algún llanto de despedida de los que se encuentran con una nueva experiencia, y también el de alguna madre emocionada. Pero la primera impresión será la que cuente. Las maestras seguramente saludarán dulcemente a sus niños, aquéllos «que cada año cambian la cara, el corazón y las esperanzas», según palabras Milka. Todos estarán en silencio, salvo, tal vez, algún grupo del último año, que se anime a causar un poco más de desorden. «Hay que hacerles sentir que sexto año fue el mejor de su pasaje por la escuela», afirmó Mónica.
Soñadores
Son 400 mil soñadores con 400 mil moñas en su pecho. «Ustedes usan moñas», me dijo sorprendido una vez un niño argentino, siendo yo aún escolar. Yo le contesté que sí, con total normalidad, dando por hecho que esa tradición era la más adecuada.
«La escuela pública debe formar ciudadanos», dijo la maestra Mónica, de Artigas, continuando así con una tradición respetada y mantenida por décadas. En el primer día de clases, no muchos pensarán en la tradición, o en el futuro. A varios, eso sí, les palpitará el pecho o les temblarán las piernas. No importa si es en primero o en sexto año, «el primer día es difícil», aseguró Mónica, «y por eso hay que darles una linda bienvenida».
«Me estuvo preguntando desde el miércoles qué maestra le tocará», contó Beatriz, mamá de Valentina. El hermano de la niña se llama Sebastián, y sólo le preocupa si va a estar o no en el mismo grupo que Andrés, su compañero (compinche) de tercer año.
«Va a ser un día maravilloso», dijo segura Mónica, la maestra. El país ya no recuperará la calma hasta diciembre; en el aire habrá algo diferente. «El sonido de los niños riendo», arriesgó Milka, con el alma esperanzada. *
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