Un ejemplo
Hay una escena estremecedora en la película «Ran», de Kurosawa, el cineasta más shakesperiano del siglo XX. Es la batalla final. Una sucesión de ráfagas de flechas, caballos galopantes, banderas al viento y sangre y muerte, exhibida en colores ámbar y ocre obsesivos, que conmueve al espectador. El caos y la destrucción presentados por un impresionista. Una rara belleza que, lejos de ocultarlo, expone el horror en su cruel esencia.
Por un instante, observando los mandobles dialécticos que se están cruzando en el Frente Amplio por el caso de los casinos municipales, vino a mi mente esa escena. Ya sé: una desproporción. Pero vale la pena haberla padecido, tal vez como metáfora desaforada de riesgos inminentes, a fin de contribuir a que acampe un espíritu más reflexivo.
Y fue entonces que apareció Mariano Arana, con su serenidad, para demostrar que no todos han perdido la chaveta ni se han zambullido en las procelosas aguas donde se mezclan la mutua desconfianza, el resentimiento y cierta anticipación poco edificante del juicio moral. El ministro de Vivienda respaldó los actos del intendente Ehrlich, advirtió que debía aguardarse por pronunciamientos administrativos y penales firmes, al tiempo que dio fe de su respeto absoluto al derecho de cualquiera a la libertad de expresión.
Quiero decir que conozco a Arana desde hace más de tres décadas. Es un hombre intelectualmente honesto y moralmente sano, a quien los años acaso le hayan regalado esa pequeña sabiduría que suele hacer buenas migas con la vejez y que permite, con naturalidad, que se tengan convicciones y al mismo tiempo se esté siempre dispuesto a aceptar que se ha errado. Sabiduría, además, que inhibe los juicios sumarios y las condenas morales anticipadas.
Sin quererlo -de eso estoy seguro- Mariano ha dado un ejemplo. Y creo que más de uno necesita seguirlo como necesita del aire para vivir.
Bueno, si es cierto que nadie quiere romper nada en este bazar de cristales. *
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