Nuevos cucos para viejos fines

El recurso del miedo

Claro está que los primeros seres humanos experimentaban ciertos terrores inherentes a la especie. El miedo a lo desconocido, a los fenómenos meteorológicos, a los cataclismos, a los elementos descontrolados, a las erupciones volcánicas, a las fieras salvajes, ese miedo tan natural fue convenientemente aprovechado por caciques, jefes de clan, hechiceros, y cualquier otra forma que asumiera el cratos. Fue así que nada costó inventar mitos y leyendas adecuados no sólo para explicar lo inexplicable sino para infundir temor en los súbditos.

No en vano el príncipe y el sacerdote han sido los símbolos tradicionales de un poder sustentado en el miedo: miedo a la represión estatal por un lado, y miedo al castigo divino por otro. Por eso, todo cuestionamiento al statu quo sacrosanto y a las verdades reveladas impuestas por ambas figuras fue sistemáticamente combatido a sangre y fuego y así marcharon a la horca o a la hoguera los transgresores: subversivos en un caso, y herejes en otro; sin contar que muchas veces ambas condiciones se confundían en una muestra elocuente de la connivencia entre el príncipe y el sacerdote.

Siempre la amenaza: la amenaza de la prisión o el cadalso y la del sufrimiento eterno en el más allá. Fíjese hasta qué punto estarán ligados y confundidos los miedos a la autoridad política y a la autoridad divina que para asustar a los ciudadanos y justificar sus arbitrariedades, los gobernantes hablan de Eje del Mal, de Satán, de los «dos demonios»… Sin embargo, el miedo a la acracia es más fuerte, y por eso Erich Fromm descubrió –hace ya unos cuantos años– la gran paradoja: el miedo a la libertad, ese terror supremo del ser humano que hace posible preferir el sometimiento a una autoridad cualquiera antes que afrontar los riesgos de la intemperie.

Buen aliado de los mandamases, ahora que dice, el miedo. Desde el padre padrone que «inocentemente» recurre al cuco para obligar a su vástago a tomar la sopa hasta el gobernante «sensato» que «prudentemente» advierte al pueblo del peligro de la inflación para negar un aumento de sueldos, infundir miedo entre sus subordinados es el recurso predilecto de quienes tienen la sartén por el mango y de alguna manera ejercen un cierto poder.

El miedo a perder el paraíso, o un cierto status, o la democracia recién recuperada, puede llegar a ser tan fuerte como el causado por un huracán o un terremoto. Algo de eso pasó en abril de 1989, cuando el electorado uruguayo convocado a las urnas para pronunciarse sobre si correspondía juzgar a los golpistas torturadores y asesinos o si, por el contrario, había que otorgarles la impunidad, eligió mayoritariamente la última alternativa. Para que ello ocurriera, los verdaderamente interesados en no investigar y no castigar a los esbirros se encargaron hábilmente de instalar en la conciencia de la gente la idea de que en caso de triunfar la opción de juicio y castigo, sobrevendría un cataclismo político y se abatirían las siete plagas de Egipto sobre la sociedad que trabajosamente había reconquistado la democracia: volverían los militares.

Como en esa época el cuco marxista estaba muy gastado y devaluado y el cuco mayor era el golpismo y el quiebre institucional, la clase gobernante no tuvo inconveniente en sustituir uno por otro. Y el sustituto resultó más creíble que el sustituido.

Del mismo modo, el imperialismo tuvo que buscar otro cuco una vez caído el que tan buenos réditos le había dado durante la Guerra Fría. Luego de la implosión del socialismo real, se acabaron las amenazas a la democracia y al american way of life provenientes de allende la cortina de hierro. Pero la Casa Blanca siempre se las ingenia para asustar a sus súbditos, un pueblo especialmente dispuesto a creerse los cuentos más inverosímiles, como el que inventó Orson Welles transmitiendo por radio la invasión de los marcianos. Así fue que crearon la hidra moderna cuyos pagos se hallan en el Oriente Medio. Y tanto hicieron provocándola que al final lograron que se enojara y estrellara unos aviones en EEUU. El asunto le vino al pelo al imperio, y los asesores de Bush (que no son oligofrénicos) supieron aprovechar la circunstancia de modo de aterrorizar otra vez a la gente.

Acá, en Uruguay, no somos tan ingenuos como para asustarnos con Al Qaeda ni con Bin Laden. Pero cuando se nos presentan las cosas de modo tal que no nos dejan opción (la política es el arte de lo posible, debemos ser realistas, pragmáticos y sensatos, cuidado con el populismo irresponsable, etcétera), en definitiva no se pretende otra cosa que meternos miedo; miedo a lo bueno por conocer que nos hace preferir lo malo conocido. Y así estamos, ¿vio?

Todas estas consideraciones (o, si usted prefiere, todos estos divagues) que anteceden se deben a la lectura del trabajo de Alvaro Rico, «Cómo nos domina la clase gobernante», publicado el año pasado. Se trata de un excelente análisis, minucioso y fundamentado, sobre los mecanismos empleados por la clase gobernante para mantener y profundizar su poder. Y no resisto la tentación de transcribir el siguiente párrafo para cerrar esta nota:

«El mecanismo discursivo dilemático del poder estatal se asocia a la restauración de los miedos en la sociedad uruguaya posdictadura. De la noción de ‘caos’ en los años sesenta y sus equivalentes: revuelta, revolución, tupamaros, comunistas, apátridas, mal nacidos, al ‘catastrofismo’ en los años noventa: desequilibrio fiscal, hiperinflación, no pagar la deuda, devaluar, conflictividad…».

Los mismos fantasmas con distinta sábana; o, si se prefiere, un aggiornamento de los cucos. *

(*) Periodista

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