Inmensa y olvidada
En el inicio de la conversación con los funcionarios de la Escuela Martirené, una dependencia de Inau del departamento de San José, aparecen las pistas para entender el importante deterioro que ostenta el enorme edificio. Parece más complicado explicar el porqué.
Freddy Casas es maestro de carpintería. Tiene 18 años en la escuela, 10 u 11 de ellos cumpliendo funciones de maestro de taller. «La carpintería está provista de las mejores máquinas. Los cepillos, las garlopas y las sierras están diseñados para producciones importantes», explica Casas. A pesar de esos recursos, apunta que siempre ha sido difícil conseguir madera. «Tener materiales es un poco difícil», dice.
El maestro cuenta que ése ha sido, históricamente, el taller que prefieren los jóvenes que viven en la escuela. En este momento hay tres alumnos, pero el maestro recuerda que alcanzaron a tener alrededor de diez en otros años.
En el momento de conocer el taller, Casas y sus alumnos se encuentran reparando el mobiliario. «Estamos trabajando en una cama y también haciendo un juego de muletas para uno de los alumnos, que tuvo un accidente y se lastimó una pierna», cuenta el carpintero.
Para Casas, «la idea básica es que los alumnos adopten hábitos, que concurran al taller, que tengan un horario fijo y que aprendan algo que les sirva». En resumen, un proyecto ambicioso.
Tres alumnos, un maestro, un edificio hermoso y dolorosamente deteriorado. Máquinas realmente buenas se nota de lejos, desorden y suciedad. Me mostraban el Uruguay: todo para hacerlo y todo por hacer.
«Estamos convencidos de que acá podemos hacer lo que sea: las máquinas están, también la infraestructura. El edificio está un poco venido abajo las ventanas, por ejemplo pero es completamente recuperable», dice el carpintero.
Tela y mimbre
Pasamos a otro local más pequeño en el que, tiempo atrás, funcionaban dos actividades.
«Había una mampara en el centro. De un lado se trabajaba la cestería y del otro la sastrería, donde se confeccionaba la ropa de los gurises», explica Edison Correa, el director de la escuela, quien es educador social.
En el taller de carpintería el acceso a la madera es un problema pero «en esta zona hay muchos lugares de los que se puede sacar mimbre». Aun así, esa tarea se perdió cuando dejó de asistir el maestro de cestería, por problemas particulares. «Para este tipo de muchachos éste es un taller elemental, porque se usan mucho las manos y eso no es peligroso, es precioso», dice Correa, quien asumió la dirección de la escuela hace un mes y medio. «Nací en Mercedes, pero hace tiempo que estoy viviendo en Montevideo. Mi primer trabajo en la institución fue en el Hogar Rural de Mercedes», relata.
Cuando le hablaron de venir a Martirené, «no conocía nada, pero a mí me gustan los desafíos». Antes de llegar, Correa colaboró con el Ministerio de Desarrollo Social, encargándose de un centro diurno que atiende a mujeres solas con niños en situación de calle. Conoce lo que fue la escuela sólo por referencias: «Funcionaban casi todos los talleres: cestería, sastrería, panadería, herrería, carpintería y electricidad. Hubo una fábrica de mosaicos, se hacía agricultura, había tambo y se producían chacinados. Hoy por hoy todo está bastante embromado, pero es recuperable».
En su enumeración Correa se quedó corto. En la escuela se practicaban varias actividades más. Por ejemplo, se fabricaban zapatos.
Metas y prioridades
El director Correa asegura que trabajan en la planificación de varios proyectos para reactivar la escuela: «Se va a fomentar la parte agraria, trabajando con todos los chicos de Martirené y con jóvenes de la zona. Queremos que venga gente de Ituzaingó, de Rodríguez y de 25 de Agosto, para fomentar la integración entre los jóvenes. Eso es fundamental».
La escuela tiene 100 hectáreas y dispone de unas cuantas más que pertenecían a la Colonia Etchepare y pasaron a manos del Ministerio de Ganadería, aunque los planes, en principio, prevén explotar sólo las hectáreas de su propiedad.
El director quiere que más jóvenes «que quieran tener un porvenir y salir con un oficio» se integren a la escuela. Pretende trabajar con los productores de la zona para insertar labo-ralmente a los jóvenes.
En la escuela se trabaja en las áreas de lechería, granja y quinta, y próximamente se anexarán las labores con pequeños animales: abejas, conejos, gallinas y cabras. «La idea es poder hacer quesos y chacinados, tanto para el consumo interno como para vender en la zona y poder conseguir una entrada económica para los jóvenes. Estaríamos fomentando el trabajo y lograríamos que tuvieran la experiencia de manejar su propio dinero. Cuando empiezan a cobrar no saben coordinar los gastos para todo el mes, y se sufre mucho», confiesa el director.
Correa sueña con dirigir una escuela con más de doscientos muchachos, como ocurría en otras épocas. «Queremos prepararlos lo mejor posible para que cuando salgan de acá no sientan un cambio muy brusco», dice.
La belleza del lugar impacta tanto como el abandono, por lo que «fluyen las ideas. Sabemos que no vamos a poder llevar a cabo todo lo que pensamos, pero si empezamos a caminar, paso a paso, creo que se puede lograr. Este es también un país productivo». Después de esta afirmación, Correa admite que reparar los daños físicos de la escuela es relativamente fácil, pero «lo difícil es arreglar a la gente, cambiar una cultura arraigada que es producto de muchas generaciones».
El educador social insiste en que deben contar con gente capacitada para trabajar con los jóvenes. «Ellos están viviendo una era de globalización, de cambios acelerados. Si nosotros, que tenemos unos cuantos años, no acompañamos ese tiempo, quedamos a destiempo. A la vez, tenemos que tener paciencia para esperar», dice en tono de quien piensa en voz alta.
Las aspiraciones son modestas, a pesar de que los objetivos son importantes: «Queremos tener una computadora con acceso a Internet. Los muchachos tienen que tener todo el mundo en sus manos, y saberlo manejar. Eso les abriría la cabeza a un mundo desconocido. Para la parte educativa sería fantástico».
Transformar la rabia en motivación
«Estos adolescentes tienen una conflictiva de abandono muy grande, que perjudica su poder de visualizar un futuro. Verse proyectados dentro de cinco o seis años con un trabajo y una familia les cuesta muchísimo. Sus vínculos son muy irregulares y la violencia que existe en sus familias los marca mucho. Se comunican a través de la violencia, porque ha sido el único vínculo que han podido aprender. Cuando les decían ‘te quiero’ les pegaban, y cuando se portaban mal también les pegaban. Entonces no conocen una diferencia entre los límites».
Con esas palabras Correa define la personalidad de la mayoría de los jóvenes que viven en la Escuela Martirené. Esto hace el trabajo del equipo sumamente complejo. Ante sus propuestas o planes, los muchachos «quedan como en blanco y no se convencen mucho».
A ello hay que sumar que la problemática actual «no será la misma dentro de seis meses, porque todo cambia muy rápidamente».
Correa asegura que queda mucho por hacer, aunque el trabajo es arduo y frustrante. «Muchas veces las personas, debido a esa frustración, dudan, se repliegan o se abandonan». ¿Eligen la cómoda? Para Correa, la respuesta es afirmativa.
Alternativas
Después de hablar con el dire, seguimos hacia los fondos del predio. Luego de pasar por el aserradero se llega al tambo, los chiqueros y las ruinas de la panadería.
En este ámbito, el trabajo de la escuela es prometedor: «Los lechones que se crían acá son muy buscados, debido a su raza. En la zona, cuando se venden hacia afuera o incluso a los funcionarios, los clientes se desesperan, porque son especiales».
Gracias a un convenio, las sobras que no se aprovechan en la Colonia Santín Carlos Ross
i se llevan a Martirené para alimentar a los cerdos, complementadas con ración y con raspado de queso.
En cuanto a la lechería, el jefe departamental Pablo Almeida señala que la calidad de la leche que se ha remitido en estos últimos años es excelente. «Hay un convenio con Conaprole amplía. Ese dinero viene hacia la Escuela Martirené, pero no queda acá, sino que termina en Montevideo. Estamos solucionando ese problema. Queremos que todas las ganancias, ya sea por venta de cerdos, leche, leña o productos de carpintería permanezcan en la escuela. Hay voluntad política del Directorio; nos manifestaron que se van a ampliar los rubros para que la Escuela Martirené funcione».
El año pasado regresó a la Escuela Martirené sólo el 16% de las ganancias.
Nuevos proyectos
Correa señala que la remuneración de las tareas en las que se desempeñan los adolescentes es un aspecto en el cual están trabajando, ya que el manejo del dinero «puede ser muy problemático si no lo acordamos debidamente, y eso también es un trabajo educativo» . El director alude directamente a que, si no se controla, los jóvenes pueden llegar a adquirir droga con el dinero que reciban. La propuesta de Correa es crear cuentas monetarias para que los chicos puedan obtener, por ejemplo, la ropa y los accesorios que les hagan falta.
También planean un convenio con el Ejército, que posibilitará que se consigan máquinas para arar y plantar la tierra, y así lograr una mayor producción de forraje. Este será utilizado mayoritariamente en la alimentación de los animales, mientras una parte de lo obtenido se cederá al Ejército.
Asimismo prevén acoplar el aserradero y la carpintería, para que se provean mutuamente de madera. En Martirené hay una plantación de eucaliptos colorados, lo que posibilita que sus piques sean «muy apreciados. Cuando hay venta en la Martirené, todos los tamberos de la zona se enloquecen por los piques», cuenta el maestro carpintero.
Casas explica el proceso. Luego de tirar los árboles, se eligen las partes que sirven y se trasladan al aserradero. Las ramas grandes se destinan a hacer postes hay piletas para curarlos y el resto se transforma en leña. Las ramas pequeñas quedan para las estufas del hogar o se pican y se venden para utilizar en salamandras y cocinas a leña. «Se aprovecha todo. Lo único que se desperdicia es el aserrín», dice Casas. En un futuro, sin embargo, se planea unir el aserrín a los desechos orgánicos animales, con el fin de crear un abono de excelente calidad.
No sólo trabajo
«Hay una infinidad de recursos que a veces no se aprovechan. La materia prima está, la infraestructura también; falta ese empujoncito que vaya a saber quién tiene que dar», opina el carpintero.
Ruben Hernández, por su parte, es maestro de escuela y trabaja en Martirené desde hace 16 años. «Esta escuela tiene un gran potencial, sólo hay que aprovecharlo. Se podría hacer muchísimas cosas. De hecho se hacen, con las posibilidades que tenemos», dice con voz pausada.
Hernández trabaja con los jóvenes que, por distintas circunstancias, no han terminado primaria, un grupo más nutrido de lo que podría imaginarse.
«Mi idea es que en el menor tiempo posible los chiquilines puedan lograr conocimientos suficientes como para poder dar una prueba para terminar primaria. Pueden ser meses, un año o dos. Se trata de que el chico, cuando salga de acá, por lo menos pueda decir ‘yo terminé la escuela’, que es el gran paso entre ser niño y ser adolescente», explica Hernández.
En la escuela hay una rotación constante de la población. «Acabo de hacer un relevamiento de alumnos y comprobé que unos 30 chicos pasaron por acá sólo el año pasado», dice Hernández. De ese grupo, cinco ya han podido salvar la prueba que acredita la finalización de la educación primaria.
El salón de clases y la biblioteca son muy precarios, como muchos otros edificios del predio. Hernández es consciente de las dificultades: «Se siente la falta de material actualizado. La mayoría de los libros con los que trabajo son míos, y también uso información que saco de mi computadora, de la Encarta, por ejemplo. Necesitaríamos libros recreativos. A la mayoría no le gusta leer, por lo que tendríamos que utilizar libros que les interesen».
En Martirené hay canchas de fútbol, un gimnasio, un frontón y un pequeño anfiteatro. Los recursos de infraestructura son impresionantes. ¿Cómo se la dejó caer hasta este punto? ¿Quiénes son los responsables de tanta desidia y abandono? *
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