Por una nueva cultura de izquierda
El Frente Amplio está impulsando, con vigor y aciertos indudables, la construcción del cambio. Pero tiene asignaturas pendientes que afectan su cohesión e inciden a la hora de gobernar. La falta de protagonismo de la fuerza política, por ejemplo, no deriva solamente de la naturaleza del vínculo con su gobierno, o del vaciamiento de sus cuadros políticos, o de la escasa información y el mal procesamiento de temas, o de la competencia entre sus sectores, o de su crisis orgánica de militancia y de conducción. También tiene raíces en el plano ideológico, a las que nos vamos a referir. Porque la actualización ideológica no se ha procesado plenamente. Y ello es muy notorio a la hora de adoptar determinadas decisiones, cuando se percibe la ausencia de reflejos comunes, que sólo se dan si existe una ancha franja de cultura común. Por ello importa trabajar en la cohesión ideológica y no solamente en la unidad política. El FA siempre tuvo pluralidad ideológica, pero la misma incluía un carozo, corazón o cultura compartidos.
La crisis ideológica y los nuevos escenarios
En el nuevo escenario mundial no resulta posible avanzar en alternativas sin profundizar en la dimensión ideológica. No minimicemos la crisis ideológica de la izquierda mundial. Las principales tesis y convicciones de la cultura de izquierda de los sesenta sufrieron un cuestionamiento radical. En América Latina dicho cuestionamiento provino principalmente de cuatro fuentes: la experiencia de las dictaduras cívico-militares; la caída del Muro de Berlín y la implosión del denominado socialismo real; la extensión y profundización de la globalización con conducción neoliberal, como resultado del proceso de acumulación del capital; y la revolución en las comunicaciones. Amén de otros cambios económicos, científico-tecnológicos, sociales, políticos y culturales.
Como consecuencia de todo ello se produjo no sólo una crisis sino también un cambio de eje y de agenda para las izquierdas y los progresismos. La agenda emergente incorporó problemas nuevos, o en escenarios modificados, según el caso, como las tensiones entre el predominio norteamericano y la multipolaridad impulsada por viejos y nuevos actores, como China y la India, combinadas con los procesos de mundialización y de integración regional; las guerras y el empuje de las luchas por la paz; los problemas críticos en materia de ambiente; el debilitamiento de actores clásicos, como el propio Estado nacional y los movimientos obreros; el ascenso de las temáticas de los DDHH; el empuje de los nuevos y emergentes movimientos sociales, nucleados en torno a cuestiones de género, raciales, étnicas o religiosas; la eclosión de identidades múltiples y el ascenso de los derechos de las personas y de la subjetividad; la demanda de democratización del conocimiento, la información y la educación; la lucha por una renta o ingreso mínimo de sobrevivencia para todos y las políticas sociales vinculadas.
En estos nuevos escenarios se ha producido en AL un avance de los progresismos, en buena medida como reacción de las ciudadanías frente a los estragos que provocaron los modelos neoliberales en el último cuarto de siglo, y que adquirieron desarrollo programático en el denominado «Consenso de Washington» de 1989, a través de la pluma del economista inglés John Williamson. Como sostuviera Bernardo Kliksberg surgió «una nueva sensibilidad política ciudadana» y una «sed de ética», que se han expresado como demanda de un nuevo estilo de liderazgo y de desarrollo, y en verdaderas revoluciones electorales. Con todas las turbulencias de los procesos de eclosión social. Porque no siempre el antineoliberalismo significa progresismo, democratismo e izquierda.
Pero estas nuevas realidades no deberían ocultarnos una muy clara falta de cohesión ideológica alternativa y de vertebración político-partidaria en los progresismos. Porque todavía estamos ante la ausencia de hegemonía ideológica progresista en la cabeza de la gente o, de acuerdo con la matriz gramsciana, de predominio ideológico cultural, extendido y profundo, de las fuerzas sociales identificadas con el cambio y de un patrón de ideas nuevas, predominio con capacidad para fundar un amplio consenso, admitido incluso por adversarios sociales. Los efectos típicos de la pérdida de la hegemonía ideológica en la sociedad se expresan y reproducen como desconfianza e incertidumbre en el seno de la militancia de izquierda, pánico ante cualquier información sensacionalista de los medios de comunicación, atrincheramiento corporativo, individualismo y anomia; en suma, se manifiesta como falta de códigos de interpretación compartidos y como actores sin visiones globales.
Por una nueva cultura de izquierda
¿Qué hacer? En los hechos se explora a un nuevo curso de acción. Se ha producido de facto el relevo del vanguardismo, y efectuado un profundo cambio de eje, pero ello debería ser desarrollado teóricamente con mayor profundidad, para dar lugar a una franja más ancha de cultura común de izquierda.
A mi juicio se han incorporado pacíficamente en la historia reciente, por parte de algunas corrientes importantes del progresismo y como nuevo itinerario, un conjunto de cuestiones claves. A modo de ejemplo, hoy se aceptan más los planteos complejos y se critican las visiones unidimensionales, principalmente economicistas, de las sociedades; se rechaza el determinismo tecnológico y los resultados inexorables en materia histórica; no se admite tanto la manipulación, ni de sujetos sociales obreristas o de organizaciones sindicales, ni de otros sujetos sociales u organizaciones, en beneficio de los partidos políticos; no se participa del revolucionarismo; teóricamente tampoco del primado de los intereses corporativos; se defiende el papel de la electividad de los cargos de representación y de gobierno, el rol de la oposición y la alternancia de partidos, la democracia de participación, representativa o directa; y se apoyan menos los diseños institucionales con formato único en relación con el Estado, los sistemas de propiedad o las cuestiones del mercado.
En segundo término, ha emergido como tema central la cuestión democrática, como camino y horizonte, como utopía democrática y como profundización de la democracia en todas las relaciones sociales, como construcción social amplia y profunda, como creación y legitimación de derechos individuales y colectivos, y como inspiración de normas de convivencia social equitativas y liberadoras.
Esta revolución copernicana o, más modestamente, este cambio de eje desde las relaciones de producción y de propiedad a una democratización del poder mucho más abarcativa, que las incluye pero también redimensiona su gravitación, está en proceso avanzado. Este nuevo enfoque alteró los vínculos con todas las cuestiones, y el alcance de antiguas identificaciones de izquierda. Primero se comenzó a virar desde el socialismo por la vía revolucionaria al socialismo por la senda democrático institucional. Luego se amplió el giro, por parte de algunas corrientes progresistas en América Latina, por la senda de la izquierda y no a partir de los tópicos de moda que impuso la hegemonía del pensamiento conservador. En mi opinión este desarrollo culminó, a veces sin saberlo pero haciéndolo, en la democracia por la vía de la socialización del poder en todos los espacios y relaciones humanas como el trazo principal del pensamiento y la práctica del nuevo progresismo.
Se evolucionó al primado del interés general, a la revalorización de las políticas públicas, a la prioridad otorgada a los más débiles a través de los presupuestos participativos y de otros instrumentos, a la descentralización política y administrativa, y a la jerarquización de lo local, a la atención de la emergencia social y, principalmente al enfoque de las políticas de desarrollo. Esta nueva cultura aún no constituye un consenso general, compartido y reflexionado, pero
predomina en corrientes destacadas del progresismo latinoamericano, más en la práctica que en la teoría, y con tensiones importantes con la cultura anterior. *
(*) Senador de la República
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