LAS DISCOTECAS SABEN CUANDO INSPECCIONARAN

Boliches de Carmelo juegan al gato y el ratón con Inau

A los centros nocturnos del departamento de Colonia llega una gran cantidad de público menor de edad, gracias al cual las ganancias de los fines de semana se disparan. A su vez, muchas adolescentes trabajan en las barras, vendiendo bebidas alcohólicas. Carmelo no es la excepción. El apetecible mercado de menores de edad que salen hasta altas horas de la madrugada es una tentación irresistible para boliches y discotecas.

Media hora antes de que llegue la inspección del Inau, los chicos desaparecen para regresar luego de que el peligro ha pasado. ¿Por qué contratan muchachas menores de edad en las barras? ¿Por qué se venden bebidas alcohólicas a muchachos de 15 años? ¿Cómo saben cuándo llega una inspección? Estas son algunas de las preguntas más evidentes que surgen ante esta situación y muchos participantes de la noche de Carmelo conocen sus respuestas.

Mientras tanto los padres de los menores, la Policía, la Justicia y las autoridades de Inau no solucionan el problema, aunque un primer paso se dio pocos días atrás, cuando la Junta Departamental de Colonia trató el tema del acceso de los jóvenes a lugares donde se vende alcohol libremente.

 

Una vieja historia

De lejos, la imagen de una morocha de pelo largo y rasgos suaves llama la atención. De cerca, sus facciones de niña delatan su edad, aunque nos pregunta qué vamos a tomar con modales de adulta, y luego nos sonríe, mientras sirve la cerveza. Del otro lado de la barra un grupo de adolescentes que no supera los 17 años toman tragos de diferentes colores, mientras cuentan a quien quiera oírlas cuántos vasos de vino tomaron antes de salir de la casa de una de ellas. «Le pedí plata a papá para la nafta y compramos una damajuana», dice una de las chicas entre risas, visiblemente alcoholizada.

Son las dos y media de la mañana de un sábado de verano en la discoteca de Carmelo, cuando un rumor pone a todos en alerta y comienza una obligada puesta en escena. «Vienen los del Iname. Ustedes, gurises, dejen la bebida o vayan afuera y luego vuelvan», dicen los encargados, que dejan sólo a los mayores de edad detrás y cerca de las barras. Desde los parlantes, casi como un susurro apenas audible y mezclado con la música, el DJ alerta: «Viene el Iname». La música sigue sonando y los cientos de habituales concurrentes continúan como si nada, pero el mensaje se propaga y llega claramente a los destinatarios, que se alejan de las barras y dejan los vasos. Las chicas más jóvenes, sobre todo, aprontan los gestos y el discurso: «Estoy con mi hermano mayor que está por allá». Mientras, señalan un punto inexistente entre la multitud.

Quince minutos después llega un grupo de dos varones y dos mujeres que llevan sus carteras apretadas bajo el brazo y se van acercando a los jóvenes para ver qué toman. Quieren pasar desapercibidos, y aunque ellos creen eso, cientos de pares de ojos los observan subrepticiamente.

Caminan, encaran a un muchacho con acné en su cara, huelen el líquido contenido en el recipiente, preguntan y después sacan una planilla y hacen algunas anotaciones. Después paran a una muchacha y repiten el procedimiento. Mucho después uno de ellos dice: «Todo bien, vamos». El grupo de desconocidos que, como una pieza de otro rompecabezas, intentó encajar sin éxito en el panorama de la noche de la discoteca, se retira tan ignorado como llegó.

Al rato todo vuelve a la normalidad. Los menores de edad se recuestan otra vez en la barra para retomar su vieja conversación sobre lo que hicieron en la previa; volverán a mencionar sus paseos por la playa, donde cada fin de semana se reúnen los mismos grupos de jóvenes en los mismos lugares, repitiendo la rutina de la semana anterior. Y de la otra, y también de la otra.

En la barra, como en un truco de magia, la morocha de rasgos y edad de niña vuelve a aparecer, retomando su rutina de servir tragos y regalar sonrisas.

La música sigue sonando. «Son el llamador: ponen pendejas lindas en la barra para los varones, que son los que gastan en tragos», dicen varios jóvenes que viven la misma rutina cada fin de semana. No se alarman por la edad de las adolescentes: «Siempre contratan mujeres menores porque nos hacen la cabeza», dice uno de ellos. Nada nuevo bajo el sol.

El mismo criterio utilizan los porteros ­»patovicas» o «ursos», según los muchachos­ que controlan el acceso. «‘Vos pasás, vos pasás. Vos no…rajá’, te dicen en la puerta. A todas las gurisas las dejan entrar, pero a nosotros no», cuenta decepcionado un chico de 14 años al que no dejaron pasar, mientras sus compañeras del liceo entraban sin problemas.

Dentro de la discoteca no hay edad, ni color, ni tipo de trago que ponga límites a la noche, hasta que se corre la voz de que llega «el Iname».

«Siempre pasó lo mismo, siempre supieron cuándo llegan. A mí también me pedían que saliera hasta que se fueran», cuenta un joven que ya cruzó la barrera de los 18 años.

 

Igual que antes

Los cambios de gobierno, políticas, jerarcas y líneas de acción parecen no afectar la estructura de controles del Inau. ¿Cómo saben en la discoteca de Carmelo que en poco más de media hora llegarán los inspectores para controlar la presencia de menores? La respuesta más obvia parece apuntar a la corrupción en algún sector del Estado.

En el Inau aseguran que la Policía y el personal residual de esta fuerza ­porteros o guardias de seguridad­ son los informantes de las discotecas. En cualquier caso, la situación permanece incambiada semana tras semana.

 

Inau busca soluciones

La responsable departamental del Inau, Consuelo Raggio, conoce perfectamente el tema y asegura que «cuando pasamos por Tarariras, en Carmelo saben que vamos para allá. No sé cómo se filtra la información, pero lo cierto es que ocurre». Raggio explica que ya informó del tema al jefe de Policía, quien admitió conocer la situación.

«En Carmelo encontré niños de seis años solos en un pool, a las 12 de la noche. En el lugar consumían cigarrillos y alcohol. También está el caso de un boliche de Colonia donde pasan un tema de cumbia villera cada vez que nosotros llegamos, y ya todos los muchachos saben que tienen que irse por la puerta de atrás», contó la funcionaria de Inau.

El inspector Hugo Mañan comparte la opinión de Raggio: La filtración de las recorridas de los inspectores del Inau «no se debe a ningún funcionario del Instituto, porque cuándo salimos y adónde son datos que sólo conocemos la jefa departamental y yo». Mañan confirma que intentan solucionar la situación evitando circular por las cercanías de las seccionales policiales y tratando de pasar desapercibidos. También admitió que al pisar el primer comercio de cualquier ciudad «enseguida se corre la información». Para Mañan la situación no se reduce a Carmelo; ocurre lo mismo en todo el país. «Aunque estamos tratando de hacer recorridas sorpresivas y rotativas, es muy difícil que no se fugue información», dijo.

Si bien es cierto que muchos comercios que funcionan durante la noche evaden la reglamentación al venderle alcohol a los menores de edad ­un público hiperconsumidor­, Mañan considera que el Estado no debe reprimir a los jóvenes para hacer cumplir la ley.

«La inspección no es para los muchachos sino para los comerciantes, que tienen que cumplir con la normativa vigente», explicó el inspector. «Los chicos tienen derecho a divertirse, y el Estado debe garantizarle a sus padres que van a estar cuidados y protegidos en el lugar que elijan.

«Para eso tenemos que hablar mucho con los comerciantes, para concientizarlos de que pueden asegurar que los chicos se diviertan sanamente. Esto no es el juego del gato y el ratón», señaló.

Mañan indicó que con el objetivo de revertir la situación están realizando un seguimiento a todas las discotecas, a la vez que reviendo la reglamentación vigente. *

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