¿Ojo por ojo?
Confieso que ayer me levanté con una profunda incomodidad moral. Me sentí responsable, al menos en parte, de los penosos incidentes ocurridos en la plaza Independencia.
¡Cómo no hacerlo, si he propuesto reiteradamente que Kirchner le propine a la piquetería entrerriana, sin más demora, una patada en el culo!
Es el riesgo de hablar en sentido figurado, apelando a la ironía y a metáforas un poco audaces. Nunca pensé que habría uruguayos dispuestos a tomarlo literalmente sin puntapiés pero arrojando huevos, agua, insultos y amenazas y mucho menos que fueran capaces de enfrentarse entre sí, mezclando cuestiones políticas menores, dominados por una histeria de tablón. La verdad, flaco favor nos hicimos.
No obstante, ni mi admisión de responsabilidad ni la certeza de que somos menos cultos de lo que creemos definida cultura como los hábitos más comunes que nos identifican alcanzan para olvidar dos cosas: una, el explicable sentimiento de tantos uruguayos por haber visto cercenado su derecho al trabajo y a la libre circulación e invadida por ajenos su tranquilidad comunitaria; otra, la inexcusable responsabilidad del gobierno argentino, que sigue cultivando el doble discurso, legitimando, cuando le conviene, estos piquetes donde se mezclan ingenuos, atorrantes y simples apasionados sin nada útil que hacer, a los que mal llama «asambleístas».
Acertadamente, el canciller Gargano ha insistido en la necesidad de no responder a la violencia los cortes de los puentes y los absurdos argumentos de los piqueteros lo son con más violencia. La diplomacia nacional va, con razón, por otro lado, sobre todo cuando tiene ahí, a la vuelta de la esquina, un diálogo en Madrid que si algo no será es sencillo.
Ellos usarán lo que pasó. Que sirva de lección. Y hablo de mí antes que de otros, ni siquiera de esos ancianos que recorrían la plaza Independencia dando trompicones, bastón en ristre y aflojándoseles los dientes de la calentura. *
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