Asunto viejo
Mi abuelo decía: -Están cortando muchos árboles, che, se va a venir la noche.
Le preocupaba lo que ocurría.
Contracara del gaucho inventado por Wimpi, que tenía un perro que daba vueltas alrededor de un aljibe:
-Si se descuida, le va a gastar el campo.
-Quédese tranquilo, que abajo tengo otro.
No le preocupaba un carajo.
Este asunto del cambio climático por la intervención abusiva del hombre en la naturaleza talando, despidiendo gases, haciendo guerras para apropiarse de lo ajeno y experimentando malévolamente en laboratorios- es muy viejo. No se lo puede describir como un fenómeno contemporáneo ni decirse que, por falta de información, no hay conciencia acerca de su gravedad.
Información sobra. Y sobra soberbia humana, causa esencial de una destrucción persistente impelida por el ansia de colonización. Atila o Tamerlán parecen hoy, vistos en perspectiva, unos franciscanos frente a las modernas corporaciones que todo lo arrasan, abrazadas a la imbécil superstición de que lo que se oculta no existe. Ha pasado demasiado tiempo desde que el hombre hizo su más constructiva contribución al desarrollo sustentable del planeta, trasladando plantas o animales valiosos de un punto a otro.
Alguien escribió: «El astro milenario en agonía,/ muere de sed y fiebre seculares;/ el sol bebiole el agua de sus mares/ y en sus huesos la médula se enfría./ En dura contracción su piel se estría,/ se desgarran sus carnes y, a millares,/ goteando fugitivos luminares,/ sus restos cruzan la extensión vacía./ Uno de ellos, cayendo en la envoltura/ del globo nuestro, lo ha dejado herido,/ le ha inyectado contagio de la altura./ Y el mundo nuestro morirá aterido,/ y sus restos irán por sepultura/ a otros mundos que quizás no han nacido».
Es el poema «Bólidos», de Juan Zorrilla de San Martín, que editó Montero Bustamante en 1915.
Y, sí: «La más grande lección de la historia es que nadie aprende jamás las lecciones de la historia». Un visionario, Hegel. *
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