Escrito por: LUIS GRENE
El desfile inaugural avanzaba sobre 18 de Julio. Las luces eran manantiales de colores desde las inmensas parrillas de bombitas que colgaban sobre la avenida. Hasta los negocios de rancio y serio abolengo como Ovalle decoraban sus vidrieras con adornos en homenaje al rey Momo.
El London París, como era habitual, ganaba el premio a las mejores vitrinas carnavalescas. Los vecinos del Centro, mientras tiraban kilos de papelitos a las comparsas mostraban sus balcones decorados con farolitos y mascarones. Entre las sillas caminaban personajes del Carnaval de antaño como el querido Menecucho con su traje a cuadritos lleno de remiendos multicolores. Vendía sus versos cómicos “a voluntad”. Cada pocos metros repetía su tradicional rutina de pararse a recitar, poner cara seria, hacerse el enojado y luego lanzar tremendas carcajadas perdiéndose en la multitud. En la calle, el desfile era encabezado por el Marqués de las Cabriolas seguido por “el invicto” carro de El Chaná acompañando a las Reinas del Carnaval.
Luego, venían las bañaderas con techo descubierto con los invitados especiales que amenizarían los bailes del Solís. Los vecinos aplaudían entusiasmados a estrellas como Pérez Prado, el rey del mambo, los Lecuona Cuban Boys con Oréfiche y hasta llegó a desfilar el maestro del jazz Cab Calloway, recordado porque invitó a Santiago Luz, mago del clarinete, para tocar en su orquesta. Los tangueros D’Arienzo, Miguel Caló y Enrique Rodríguez fueron figuras habituales en nuestras carnestolendas.
Cuando desfilaban las troupes, sus animadores, vestidos de gala, repartían en ambos lados de la vereda cientos de fotos del conjunto. Las chicas y los pibes solicitaban autógrafos que los integrantes firmaban sin dejar de caminar porque sino, sonaban de inmediato los pitos de los fiscales del municipio. Cuando desfilaba la revista de Imperio “Farándula de Momo” el bullicio atronaba en 18. Sus componentes arrojaban serpentinas al público que les correspondía con papelitos y sus pícaros pomos con éter perfumado. “¡Ahí viene el Macho Lungo!”, dice un veterano. Y todos miran su comparsa candombera donde debutaba una negrita lindaza llamada Marta Gularte.
Las murgas de la Unión desfilaban dando grandes saltos con Don Timoteo y La Nueva Milonga del Tito Pastrana. Desde La Teja llegan los morochos de Araca la Cana saludando con el mismo desenfado con el que vendían diarios en las esquinas del barrio. Ese desfile inaugural se vuelve sofisticado cuando pasan “Los Zorros Negros” y quintetos como “Shangai de mis sueños”, que suavemente entonaban sus melódicos estribillos. Entreverados entre las comparsas que desfilaban nunca faltaron las “máscaras sueltas”.
Eran anónimos disfrazados que con enorme entusiasmo contribuían al esplendor del espectáculo. Uno de ellos, con el apoyo del Sindicato de Canillitas, se convirtió en letrista de la afamada “Embajada del buen humor”. Fue el recordado Ernesto Viegas, gran poeta popular. Vibra el desfile. No es para menos, ahí están Pepino, Carlitos Céspedes, el loco Pamento, el bombo del Negro jefe, el redoblante del Chiquito Roselló y brillando bajo las luces el jopo de Cachela. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
COORDINACION: ANGEL LUIS GRENE
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