Cuerpo y espíritu
La mente humana sigue siendo un misterio. En mi caso es también una curiosidad, pues, pese al desgaste neuronal que todos ya habrán advertido, aún se permite hacer, a su arbitrio, asociación de ideas.
Ha vuelto a pasar. Estaba releyendo «Vidas de santos musulmanes», de Émile Dermenghem, cuando, de pronto, mi atención se centró en el programa de actividades de verano que la Intendencia de Montevideo está realizando en las playas capitalinas. Es un programa que no incluye sólo ejercicios deportivos, sino también espectáculos musicales y entretenimientos; hay un común denominador plausible: estimulan el uso placentero del cuerpo.
Pues bien, Dermenghem, quien en vida fue un eminente islamista, acusaba a la Europa moderna de ser «casi única en haber renunciado por respetabilidad burguesa y puritanismo gálico a la participación del cuerpo en la prosecución del espíritu». Dicho de otro modo, y según todavía predican y hacen las mal llamadas «culturas primitivas», es posible que el hombre -usando el cuerpo con intención lúdica- logre dar más libertad a su espíritu. O a su mente, si el lector prefiere. Esto es muy claro para cualquiera que estudie la historia de las religiones orientales, aunque es igualmente comprobable entre los cuáqueros del Norte americano: mientras tiemblan y se mueven con intensidad alcanzan su más alto grado de inspiración.
Quizás a don Ricardo Ehrlich jamás se le cruzó por la cabeza que, al crear actividades estivales estimuladoras del zarandeo del esqueleto y su envoltura, podría contribuir al enriquecimiento espiritual de los montevideanos. Que entonces lo sepa, porque es así. Y de esta afirmación paso a una pregunta que encierra el embrión de una propuesta: ¿hay alguna razón por la cual la Intendencia reduzca a las playas y al verano este provechoso programa, siendo que de él puede esperarse resultados tan amplios y gratificantes?
Por algo Shakira le dijo a Antonito: «Las caderas no mienten». *
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