La reforma del Estado
Hoy resultaría a todas luces imposible y muy peligroso para la integridad física proponer la disolución del Estado. Como al decir de Fasano somos leones vegetarianos (y lo somos de verdad porque debido a las garras médicas que nos aprisionan hemos devenido rumiantes: devoramos verdulería), no nos dan el querosén ni el tiempo político disponible para proponer la idea en el Frente Amplio, ahora que, ya en el gobierno, vamos a reformar el Estado (asunto éste a nuestro juicio muchísimo más difícil que disolverlo).
Creemos que las carencias dentales aquejan a casi toda la izquierda (por no decir toda), al progresismo y a Fasano.
Las medidas de protección dental que hace poco aprobamos en el Senado son más urgentes y decisivas de lo que a primera vista se piensa.
Según Marx (y si no fue él, lo copió de algún lado) el comunismo sería, entre otras cosas más fáciles, la disolución del Estado.
Obviamente eso era lo que proponían y proponen los anarquistas (creo que fue de ahí que lo copió).
Sin perder de vista que no es lo mismo gobierno que Estado: más bien todo lo contrario. Como cuando al abuelo de un amigo le preguntaron en un aeropuerto europeo:
¿Escocés?
Todo lo contrario, hombre: ¡Español!
El Estado ha demostrado tanto en el capitalismo como en el socialismo que el gobierno termina (al poco tiempo) siendo él y nada ni nadie más que él.
Es verdad que Marx también dijo que durante el socialismo (período previo al comunismo e inmediato a la toma del poder por el proletariado) no sólo debía existir el Estado sino que el proletariado debía tomarlo y usarlo para aplicar su famosa dictadura.
En todos los casos conocidos en los que el proletariado hizo eso (en especial en los que había, efectivamente, proletariado) terminó en manos del Estado o sea de la burocracia, que de paso también tomó el gobierno.
Porque la cosa es sencilla: para una dictadura basta con las Fuerzas Armadas y una muy buena Policía, en especial secreta; corriendo el riesgo (el dictador) de que una de esas tres instituciones lo subrogue (para usar el abstruso lenguaje de Atchugarry y demás abogados) drásticamente en cualquier momento.
Que no se rían los dirigentes políticos ya sabidos: en el capitalismo hace rato que pasó exactamente lo mismo. Incluso antes de los anarquistas y de Marx. Ni qué hablar ahora en el mundo y, mucho menos acá. ¿O alguien puede pensar ni remotamente que Bush es el presidente de Estados Unidos? (Por poner sólo un ejemplo).
Repito que supe tener un amigo muy veterano, socialista de Frugoni, que defendía a capa y espada que el mundo se dividía en burgueses, proletarios y médicos (que son los peores, agregaba).
Marx se olvidó, por ejemplo, de los médicos. Mi amigo no.
Pero cuando además de todo lo dicho se cayó en la tentación de transformar todo un país o conjunto de países en una descomunal oficina pública (ya no a los militares y policías solamente), la cosa pasó a dimensiones catastróficas superlativas. Siempre.
Porque en esos casos se produjo una expropiación total y absoluta, universal, de la propiedad privada. En especial la del proletariado y demás trabajadores.
Y la disolución del individuo; obviamente.
Aquella apoteosis del individuo que reza «a cada cual según su necesidad» sigue siendo en nuestras entendederas un objetivo actual, futuro y central que se rompe la crisma en el más aparentemente humilde sello de goma.
Como le rompen la crisma a los sellos de goma las otras dos grandes consignas individualistas: «De cada cual según su capacidad y, mientras no haya para todos, a cada cual según su trabajo.
Esta palabra diluye burócratas por sí sola: la odian por detergente de ellos.
En lo que nos es personal somos acérrimos apóstoles y defensores de la propiedad privada al extremo (extremista) de exigirla para todos los habitantes del planeta sin la más mínima excepción. Creemos que cada uno de ellos tiene derecho a su casa, sus juegos, sus herramientas, su tiempo, su salud, su cultura, su educación, sus creaciones, sus productos, sus vehículos particulares, sus animales domésticos, su nación, sus ahorros, sus viajes y en fin: su libertad.
Hubo y hay en vastos confines una grosera confusión: se confunde propiedad pública con propiedad estatal. Y parece no verse una miríada de formas de propiedad privada (aparte de las ya dichas) que rompe los ojos: cooperativas de vivienda, talleres y fábricas autogestionados, clubes sociales del más variado tipo, asociaciones culturales y vecinales multifacéticas, mutualistas (cuando lo eran o son de verdad), partidos políticos, sindicatos y un largo etcétera.
Incluso llega a confundirse empresa pública con empresa de sus jerarcas (que cuando son inamovibles son más dueños que ningún dueño jamás imaginado de algo) o, ya más a la izquierda, con empresa de sus trabajadores.
Haciendo caso omiso a los usuarios…
Esto es clave: cuando la burocracia se apodera de una institución, cree, hace creer (e impone esa fe a machamartillo) que los usuarios están al servicio de ellos. Se trata de una subversión. Un caos. Un desorden total.
Incluso el obrero, el explotado, el postergado es pensado, en el mejor de estos casos, en su taller o en su centro laboral: jamás en el supermercado o en su domicilio.
Jamás donde es explotado y oprimido sin la más mínima necesidad de una relación laboral: la mujer, los niños, los débiles, los enfermos, los viejos, los consumidores, los intermediados, los discriminados por la razón que sea. No sólo no tienen sindicatos sino que «no les corresponde tenerlos».
Naturalmente que para que esto funcione a nivel de clímax antológico son deseables los monopolios y la centralización máxima… Y Uruguay es un país unitario a prepo en el que los federales, empezando por Artigas, fueron vencidos en legendarias masacres hace ya tiempo y perseguidos hasta la octava generación (por lo menos).
Habría que volver a fundar el Partido Federal o el de la Libertad…
Lo pensaremos.
Pero volviendo a Marx y por sus oficios a Hegel debemos reconocer que aquello de que cada término de una contradicción tiende a transformarse en su contrario a veces no sólo se produce sino que es nítidamente observable. Veamos:
Hace no muchos años entró en auge, en esferas capitalistas, una efervescente moda proveniente de ciertos sórdidos tabernáculos de Chicago y Davos: «Hay que disolver no sólo el Estado sino los Estados. Hay que barrer con los monopolios, adorar al Mercado y enaltecer al individuo y la libertad». Con ello nacieron unos extravagantes anarquistas de derecha al servicio de las empresas transnacionales (grandes) y de los Estados con pretensiones y posibilidades imperiales.
Se trataba (y trata) de una ideología. O sea de una mentira elaborada ya que no hay ideología que no sea una tergiversada creación literaria de la realidad adaptada a fines que incluso pueden llegar a ser loables.
La intención les salía como pelambre de jabalí por debajo de los puños de sus europeas camisas impecables.
Esa ideología no la aplicaban en las partes neurálgicas de sus Estados ni, por supuesto, de sus empresas. A la enorme mayoría de los individuos le otorgaban y defendían magnánimamente la libertad plena de morirse cuando lo quisieran (como Séneca el estoico).
Era, ya ha quedado totalmente demostrado, una nueva edición del viejísimo «haz lo que yo digo pero no lo que yo hago».
Casi al unísono, distintos cenáculos de la izquierda y el progresismo, respondiendo contra el enemigo tal como el perro de Pavlov, coligieron que si los malvados decían eso había que decir exactamente lo contrario aunque con ello se abandonaran no sólo las banderas sino la razón.
Y entonces asistimos a un nutrido coro aupado en desaparecidas academias que nos vino a proponer lo que por otra parte aplicaban: todo debe pasar al Estado y, de ser posible, en forma monopólica, centra
lizada y por ende planificada. Obviamente el mercado fue anatema: algo así como combatir y derogar la Ley del Orsay (que no estaría mal para la AUF), o el teorema de Pitágoras, o el 3,1416 de la letra Pi. O, por ejemplo, la Ley de la Oferta y la Demanda.
Los desastres están a plena vista. *
(*) Senador de la República, escritor.
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