Privilegios
Hace poco, escribiendo acerca de hechos que ocurren en las calles de Montevideo, pregunté: ¿los inspectores de tránsito siguen cobrando una comisión, calculada a partir de un fondo común, por la cantidad de multas aplicadas?
No se me respondió. Supongo que ese privilegio sobrevive.
Quienes aplican la punición, a nombre del Estado, deben estar a salvo de toda duda o suspicacia; más aún si ganan sueldos respetables pagados por los contribuyentes. La comisión por multas aplicadas fue creada hace quince años. Había entonces la sospecha de que muchos inspectores eran sobornados y se postuló que el nuevo régimen eliminaría la tentación.
Fue un error que, al parecer, ya que la Intendencia no lo ha negado, persiste. Pues bien, esa comisión es una afrenta a la ética del servicio público y se bambolea al borde de la inmoralidad.
Sus resultados podrían ser descritos por algo que pasó ayer y es común. En una avenida se controlaba del uso del cinturón de seguridad. Había tantos inspectores pito en boca y libretita en mano que parecía un desfile de carnaval. Cayó un pueblo no de alegría y la facturación fue sabrosa. Entre tanto, a pocos metros del mitin recaudador, un camión humeante y sin matrícula atravesó una cebra que varios peatones trataban de cruzar; un ómnibus pasó un semáforo con luz roja y una viejita aún vive porque es renga y le costó bajar de la acera; un taxi zigzagueó, circulando cual cangrejo parapléjico, y desparramó el pánico; y finalmente, otro ómnibus, al trotecito por la zurda, se clavó en diagonal, a lo bestia, en la parada.
Nada de eso fue advertido por los servidores municipales. Claro, lo otro era fácil y seguro. ¿A qué transpirar?
¿Acaso la Intendencia y sus inspectores practican el egoísmo ilustrado que predicaba Bentham? ¿Obran pensando sólo en su satisfacción, creyendo que así obrarán con rectitud?
¿No saben que la evolución de las ideas y del conocimiento hizo que Bentham tenga hoy menos devotos que el Goyo? *
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