La historia vuelve a repetirse

Cuatro balazos certeros abatieron en la mañana del viernes 19 de este enero de 2007, a Hrant Dink, periodista armenio, nacido y crecido en Turquía, director y co-propietario del semanario «Agos» (surco, en idioma armenio) un órgano bilingüe, que inició su actividad hace poco más de una década y que, con un tiraje que supera hoy los seis mil ejemplares es considerado dentro y fuera de la comunidad armenia de Turquía, como el medio de comunicación más prestigioso de dicha minoría. Dink era también columnista de opinión en los diarios turcos «Zamán» y «Birgün» de distribución nacional.

La noticia de su muerte causó sorpresa dentro y fuera de Turquía no sólo en el seno de la diáspora armenia sino en las organizaciones de periodistas profesionales y los movimientos en pro de los derechos humanos, pues Dink, además de ser un periodista valorado y respetado a nivel internacional, era un valioso militante por la libertad y los derechos civiles.

Esta es la sorpresa acongojada ante el valor humano que se pierde de manera infame, pero la otra sorpresa es más racional y se manifiesta ante hechos que se supone no debiera ocurrir, porque se piensa que a Turquía no le conviene un acontecimiento como éste, ya que el mismo saca a luz, con toda crudeza, que el país tiene aún gravísimos problemas de integración, y permite suponer que con la política oficial vigente y su consecuente cultura, los mismos distan mucho de ser superados. Pese a esta lógica, el hecho sucedió, respondiendo quizás a otro raciocinio que está inserto en el sentimiento subjetivo de gran parte de la sociedad turca, y que se respalda con normas, leyes, actitudes y comportamientos correspondientes.

Quien no tenía la sorpresa instalada en su agenda era la víctima: desde mediados del año 2006, Dink recibía diariamente todo tipo de amenazas, por vía telefónica, correo electrónico o correo. Las mismas fueron, paulatinamente, tomando un tono más amenazador e inminente. El círculo de colegas, amigos y familiares aconsejaba a Dink que bajara el tono de sus denuncias que, es bueno señalarlo, no eran panfletarias, ni ofensivas y lejanas a la ofuscación intolerante. Incluso le recordaban que no solo arriesgaba su vida sino que, también ponía en peligro la de su familia que lo apoyaba firmemente. Casado con Raquel, una armenia, también nacida y crecida en Turquía, tuvo con ella tres hijos armenios, nacidos y creciendo en Turquía. Dink estudió en colegios armenios y realizó luego estudios superiores en reconocidas universidades turcas, en las que estudió zoología primero y literatura luego.

Dink sabía bien que su vida estaba en peligro y, según manifestaron amigos y familiares, en las recientes reuniones de fin de año, ante estos pedidos y consejos de cuidarse o cambiar de actitud, respondió: «Si me matan no podrán ocultar quién soy y me sumaré al millón y medio de armenios masacrados a lo largo del genocidio, pero yo no iré a la tumba sin nombre de mis antepasados, seré entretanto, pero no porque yo lo quiera, sino porque así lo dispone el pensamiento obtuso de los negacionistas, una herida abierta para esta Turquía que quiere, y aún no puede, pero que debe modernizarse».

Con notable precisión, el periodista irlandés Robert Fisk (ver LA REPUBLICA 21/01/07), que seguramente no conocía estas palabras vertidas por la víctima en el seno familiar, aseveró que Dink era la víctima 1.500.001 del genocidio cometido por Turquía contra el pueblo armenio.

Y así ha sido, frente a la capilla ardiente que guardó sus restos hasta el martes 23 de enero, desfilaron miles de personas, no sólo armenios, sino también turcos. Es que, como Dink lo presagiaba, su muerte se convirtió en la herida abierta por la cual los sectores progresistas de Turquía, encorsetados en la versión de la historia que les han impuesto y que no les permiten revisar, expresaron su aspiración de buscar la verdad y proceder en consecuencia.

Dink estaba acusado de traición al Estado y de ofensa a la identidad turca, con expediente caratulado de esa manera en el plano penal y sancionado, con esa carga subjetiva que contiene el vocablo «traición» en el terreno emocional, apropiadamente preparado en buena parte de la población turca.

Dink arrastraba varios juicios por sostener, entre otras cosas, que era un armenio nacido en Turquía, algo que ni las leyes ni el pensamiento dominante aceptan. Sostenía el periodista que el himno, en uno de sus pasajes, expresa el orgullo de quien lo entona por pertenecer «a la heroica raza turca» y lo entendía como racista. Y también reclamaba que Turquía debía reconocer el genocidio cometido contra los armenios. Allí, usar la expresión genocidio o intentar el revisionismo histórico acerca de aquellos hechos, configura los delitos observados en el artículo 301 del Código Penal, que los califica de traición y ofensa a la identidad turca.

El escritor turco Orhan Pamuk, Premio Nobel 2006, expresó que toda Turquía debía acongojarse, porque esas balas habían dado muerte a lo más valioso de la sociedad turca: la que estaba construyendo su futuro.

Como tantos otros, Dink, sembrador de paz, muere violentamente, pero bien puede decirse que la suya era una muerte anunciada y que él tenía conciencia de ello. El enfermo de Oriente como calificaban los europeos en el siglo 19 al imperio otomano sigue estando enfermo.

Finalizo con palabras Hrant Dink dirigidas a quienes lo denostaban: «La Turquía de 2006 no ha superado su pasado histórico y sigue viviendo en una realidad basada en muchas mentiras. Ha pasado casi un siglo desde el genocidio armenio y aún hoy hay miedo a hablar de lo ocurrido. Sin reconocer nuestro pasado, nunca podremos vivir el presente». *

(*) Periodista

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