Pequeñas cosas
Uno mira, pero no siempre ve.
Es por eso que, aunque lo sabe, le cuesta entender que, a veces, pequeñas cosas ayudan a resolver grandes problemas.
La desocupación, la pobreza y la marginalidad son grandes problemas que aún
ofenden la conciencia nacional. Su tamaño y su complejidad inducen a pensar, para disolverlos, en propuestas proporcionalmente caras y de gran porte.
Esta primera idea comienza a naufragar cuando el tiempo discurre y esos grandes problemas sobreviven, crecen y se multiplican.
¿Por qué, entonces, no hacer un esfuerzo por ver más allá de esa mirada simple, común, casi de compromiso, para que no quede afuera ninguna pequeña cosa?
Por una breve información publicada en este diario me he enterado de una faceta, por mí ignorada, del programa Trabajo por Uruguay que viene desarrollando el Ministerio de Desarrollo Social. Un grupo de quince mujeres beneficiarias de ese programa, contando con el apoyo técnico del Sunca, trabajarán durante casi un año reparando los diecinueve salones y los corredores, vestíbulos y escaleras de un liceo de Montevideo. Y atención: ésta es apenas una de varias experiencias similares.
Dicho así suena sencillo, tal vez intrascendente frente a los grandes asuntos que a diario nos quitan el sueño y nos empujan a discutir. Sin embargo, hay dos aspectos relevantes aunque a simple vista escondidos: esas mujeres salen de la desocupación, de la pobreza y de la marginalidad, aprenden un oficio y se reinsertan dignamente en el cuerpo social; y así cumplen una tarea necesaria e importante, con lo cual esa reinserción adquiere un valor agregado significativo. Y me parece que un buen ejercicio
intelectual y moral sería reconocer que el Estado, capaz de crear esta pequeña cosa, puede multiplicarla por cientos o por miles.
Como dije, a veces uno mira y no ve.
Protestó el pequeño saltamontes al maestro: -¡Qué largo camino!
Y el maestro respondió: -No creas. En realidad, tiene la distancia de tu primer paso. *
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