COMO UNA POLILLA EN LA LUZ

Atracción por el fuego

Encender el fuego y disfrutar de como se va encendiendo cada hoja, cada rama. Luego, fotografiarlo para la posteridad. No importa que, en pocas horas, el poder del incendio consuma árboles y hogares, perjudicando a cientos de personas. Esa es la sensación que experimenta un pirómano.

«El piromaníaco es como el autor de una obra de teatro, que disfruta cuando los demás la ven», dice a LA REPUBLICA el licenciado en psicología Richard Prieto, especialista en patologías sociales. «Son personas que quieren llamar la atención, que disfrutan del riesgo de ser descubiertos», explica. La piromanía, así como la cleptomanía y la ludopatía están clasificadas oficialmente como trastornos de control de impulsos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que no todos quienes provocan incendios padecen esta enfermedad, así como no todos los ladrones -de hecho casi ninguno- puede calificarse de cleptómano.

El joven de 20 años que mantuvo en jaque a los bomberos en las pasadas jornadas, causante de los cuatro incendios de La Floresta y Costa Azul, manifestó a sus captores que encendió el fuego porque quería «sacarle fotos». Ese podría ser uno de los síntomas de la enfermedad, que no implica ningún comportamiento particularmente extraño para los ojos de los otros. La Policía manifestó, por ejemplo, que el muchacho estaba «en sus cabales».

Varios especialistas coinciden en que entre el pirómano y el incendiario existen claras diferencias. Este último suele provocar el fuego buscando beneficios económicos o personales, y siente deseos de hacer daño. El piromaníaco tiene la necesidad de obtener placer. No buscan provocar el mal. Tampoco siente la ansiedad del fuego por el fuego mismo, sino más que nada por sus resultados.

«Esta es una patología mental o trastorno de la personalidad, que se asocia a la falta de control de impulsos. Quien la padece siente una inquietud imperiosa de incendiar, casi siempre espacios abiertos. Tienen pasión por los ecosistemas», explica la especialista española Elena Borges. En general, suelen sentir placer, curiosidad y atracción por todo lo relacionado con el fuego. Su presencia los relaja profundamente.

La niñez de estas personas es con frecuencia solitaria, y en general se verifica la ausencia de los padres en su entorno. «He tratado a pacientes que sufren este trastorno. En ocasiones incluso reconocen su deseo de incendiar como una forma de venganza hacia el mundo que los rodea.

Es un gran llamado de atención. En general se trata de personalidades tímidas, solitarias, sin pareja y con problemas sexuales», explica el psicólogo Prieto.

El placer por el fuego los consume, y poco importa que las penas previstas en nuestro Código Penal lo condenen a entre uno y dieciséis años de prisión. *

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