ENTREVISTA CON UN SOLDADO URUGUAYO DE LAS MISIONES DE PAZ DE LA ONU Y SU ESPOSA

Un héroe en familia

Juana: «Cada vez que él se va, en principio nos peleamos un poco, porque yo nunca quiero que se vaya, pero después lo conversamos, lo hablamos y sabemos que hace un sacrificio muy grande, que va por el bien de la familia, para progresar. Lo entiendo y espero a que vuelva. Es más que nada por un tema económico, aunque se sabe que no es mucho lo que cobra. Son nueve meses, agarra 8 o 9 mil dólares, pero esa plata acá no la hacés. Y te sirve para ir reformando la casa…»

Es muy común que familiares de soldados se casen y formen familia con soldados. El padre de Juana era sargento; su hermano es cabo y fue con Uberdán a Mozambique. Los tíos de Juana también son soldados.

También es común que los hijos de personal subalterno ingresen al Ejército.

Juana: «El futuro lo eligen ellos; nosotros queremos que estudien, que hagan una carrera. Vamos a ver qué eligen ser ellos».

Uberdán: «Si al niño se le antoja que hoy o mañana quiere estar dentro del Ejército, yo lo apoyo y aparte le puedo dar mi experiencia de vida, cómo es la rutina, cómo se vive… Eso quedará en él, si a él le gusta el uniforme».

Si su hijo eligiera el Ejército, al cabo Correa le gustaría que hiciera la carrera militar: «Yo hice una carrera a nivel tropa; si él puede hacer la carrera oficial, estudiar en el liceo, para tener un salario más digno, cómo no, con mucho gusto. Hoy por hoy la juventud elige otras profesiones. Yo quisiera que mi hija fuera doctora», dice el soldado y se ríe. Pero no es común que los hijos de la tropa lleguen a ser oficiales; y doctoras tampoco.

Juana: «Yo espero que no vaya más. Después de que falleció mi papá yo quedé muy shockeada, con miedo… Yo sé que si él hubiese estado acá le hubiese pasado lo mismo, porque fue un infarto, pero estoy con ese miedo de que a mi marido también le vaya a pasar algo».

En la misión de 2004 Uberdán estuvo enfermo. Tuvo malaria.

Juana: «Me lo ocultaron. Él estuvo quince días sin llamarme; me llamaba mi papá y me decía que él estaba de patrulla, me ocultaban su enfermedad».

Los soldados corren riesgo de contraer enfermedades. Antes de irse son sometidos a un exhaustivo chequeo médico en el hospital militar y tienen que vacunarse contra la hepatitis A, la hepatitis B, la fiebre amarilla y la malaria.

Uberdán: «Allá hay muchos virus en el aire y no estamos libres de contraerlos, por más que tengamos las vacunas. Sí tenemos la responsabilidad de tomar un medicamento para la malaria. La malaria se contagia por un mosquito que te pica. A los 20 días te hacen un análisis para saber si tenés la enfermedad. Hay varios tipos de malaria. Yo me contagié en Mozambique y me dio malaria a los cinco años de haber vuelto a Uruguay… Y en el Congo, en mi misión anterior, también tuve la enfermedad, aun tomando la pastilla, que es una medicación muy fuerte, que te produce acidez y malestar».

Los soldados que se enferman permanecen en una sala de internación donde son controlados por médicos uruguayos; si la situación del paciente se complica, son trasladados a hospitales de Naciones Unidas. Uberdán estuvo a punto de ser trasladado a uno de esos hospitales, porque tenía una fiebre altísima, de más de 41º. Habían pedido un vuelo especial para trasladarlo, pero finalmente no fue necesario porque la temperatura corporal descendió.

Juana: «Nos comunicábamos todos los días; hablábamos por celular o nos enviábamos mensajes de texto. También nos comunicábamos una vez por semana por Internet. Al principio era día por medio; después ya iba aumentando el número de soldados en la base y era más difícil el acceso a Internet, pero la comunicación era muy buena».

Uberdán: «La familia queda acá y si le pasa algo vos no podés hacer nada. Si perdés un hijo vos sabés que hasta que no termine la misión no podés volver. El país no te paga un vuelo especial para que vuelvas, a menos que ya haya un vuelo previsto en el que te puedas venir. Nosotros somos voluntarios; hay que ir consciente de que no sólo se va a ganar dinero; hay que dejar a la familia y si le pasa algo a la familia no podés volver hasta que la misión termine». «Cuando yo me voy, ella tiene que hacer de madre y de padre…»

Juana: «El chiquito estaba muy rebelde. Al poquito tiempo empezó a cambiar su forma de ser, estaba contestador, se peleaba mucho con los hermanos. Cambió mucho su carácter. Por suerte en la escuela ninguno tuvo problemas».

Una vecina me llamó por teléfono: «Me dijo: «Juana, te felicito»; yo le pregunté por qué, y ella me contestó: «No me digas que no estás mirando la tele ni escuchando la radio». (…) Fui hasta la casa y me contó. Después llamé a la 41 para que me explicaran bien todo, porque no tenía noción de lo que había pasado. Al principio me enojé un poco porque pensé: «Este hombre está loco, no pensó en la familia ni en los hijos». Pero después lo entendí. En ese momento no pensás. Si vos ves a un niño, que lo van a matar; yo, si hubiese estado en su lugar, también lo habría hecho. Es un segundo, no te da para pensar. Y los niños también lo entendieron muy bien, lo apoyaron mucho, pero al principio yo me quería morir de sólo pensar que estuvo en medio de un tiroteo…

Mientras él estuvo afuera lo extrañé muchísimo. Sentí mucha angustia, muchos nervios… Los días no pasan más; las horas no pasan; es algo espantoso. Son nueve meses, no son diez días; son nueve meses que tenés que esperar y esperar, y los días no pasan, y los meses no pasan. (…) Cuando él vuelve es una alegría enorme».

Uberdán: «En esta misión la idea era que no me fuera a despedir nadie (…) para que nadie llorara. (…) Cuando llegó la hora de irme la chica empezó a llorar, me preguntó por qué no quería que me acompañaran… A mí me quedó la mirada de la niña: se entregó, se descompensó, y se me hizo muy difícil, porque ella era la más fuerte. (…) Ese momento en que les ves la cara por última vez, es muy difícil».

«Cuando vas a la misión te conviene tener un compañero para tratar de llevar la rutina, porque la rutina se te hace dura. A veces el trabajo es tenso, vivís bajo tensión y amenazas, entonces es bueno tener un compañero para apoyarte, para compartir horas de mate y conversar». *

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