Bellas Artes en el ayer
Todo un emblema de los años 60. Fermental y libertaria fue aquella Escuela Nacional de Bellas Artes. Desde su vieja casona de la calle Martí buscó acercar el arte al pueblo. Con unos renovadores planes de estudio, aplicados desde el año 61, los docentes y alumnos se enfrascaron en tenaz combate contra los prejuicios y el elitismo. Siguiendo a teóricos como el británico Hebert Read, la vieja Escuela buscó con las armas de la frescura y la espontaneidad resolver la dicotomía entre «arte y sociedad». Por los galpones del fondo de Martí, convertidos en aulas desbordantes de una militante muchachada, pasaron auténticos personajes que lucharon por el arte popular. Quizás el ícono de esa época fue el imborrable Jorge Errandonea con su enorme vozarrón y la boina inseparable. Buscó derrumbar preconceptos que limitaban a una obra a las paredes de una exposición o galería burguesa. Lo secundaron otros docentes conocidos en su mayoría por apodos como El Canario, Especial y el veterano Costa. Entre los alumnos asomaban figuras como la de Marcelino, Marrón, y Alonso actual director que colaboraban en el complejo armado de cada clase. Inolvidables aquellos pasajes y tubos por donde entraban los alumnos para recorrer una intrincada galería y experimentar texturas, luz y espacio. Ya en los talleres, aparecieron figuras como Llorens, el propio Pareja Piñeyro que dirigió la Escuela y en una época también anduvo Marenales Sáenz antes de entrar en la clandestinidad. El español Yepes, un lujo de escultor, hipnotizaba a los muchachos con su sabia y castiza elocuencia donde no sólo enseñaba sino también contaba como algo cotidiano sus historias y entredichos con Picasso o Miró. Una bandera libertaria en esos años 60 fue la entrañable Enba y lo que más queda en la memoria urbana fueron sus conmovedoras ventas de fin de año y las campañas de sensibilización. Pinturas murales por el barrio Sur, también en la ciudad de Dolores donde los vecinos colaboraban con gran entusiasmo. Con escaso presupuesto, esa sensibilización cambió de color a sitios como el conventillo de Cuareim y Yi, integrando el arte a la vida cotidiana de sus modestos ocupantes. En las ventas callejeras de fin de año se materializaba el concepto de hacer un arte popular que actuara en el diario vivir con objetos utilitarios como jarros, soperas y vasos de cerámica o manteles y pañuelos estampados para usar todos los días. Como le gustaba decir a Pareja, «vendemos cosas para usar y no importa que se rompan. Lo importante es que se trata de objetos cuyo destino no la vitrina ni ser simples adornos».
En la explanada de la Universidad se vendió arte popular y utilitario. Luego llegaron las ventas en los sindicatos como el de Bao y también en Bella Unión. Las cámaras de la Escuela fueron testigos de la represión de fines de los 60 y dieron testimonio de esa época. Ahora cuando recorremos el barrio Reus y sus colores nos parece ver a Errandonea, a Marcelino y también escuchamos a Celina Rolleri cuando se entusiasmaba hablando de Felini o de la obra de Mondrián.
Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
Coordinación:ANGEL LUIS GRENE
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