¿Quién trajo el ajo?
No se puede creer en nada.
Pensar que uno creció, desde aquellos días de la tierna niñez impresionable, asustado pero sin ceder jamás una mínima porción de fecunda curiosidad, con el impresionante conde Drácula, seudónimo del príncipe su verdadero título nobiliario Vlad de Tepes, habitante de un misterioso castillo en la remota Transilvania rumana y, para tantos como yo, un vampiro de aquellos.
Está bien: confieso que para mí nunca tuvo otro rostro que el cinematográfico de Christopher Lee, y que el elegante vampiro de los colmillos blanquísimos, siempre aterrador con sus lánguidos modales y su enorme capa negra, merecía que lo ablandaran con ajo y lo mataran clavándole una estaca de madera en cruz en medio del pecho. A fin de cuentas hasta yo, de chico medio abombado y no es que haya cambiado tanto podía darme cuenta que era una ficción.
Sin embargo, qué curioso, fue uno de esos personajes entrañables, pese a su espíritu sanguinario, que quedaron prendidos a uno. Con frecuencia lo he extrañado, como a la representación de su aterrador castillo, y me he hecho de alguna copia de esos viejos filmes donde, por una hora y media, campeaba, ominoso, babeando por las yugulares de hermosas chicas que caían a sus pies.
Pero, ahora sí, todo ha terminado. La familia Habsburgo, que había recuperado ese castillo el año pasado, luego de una extensa batalla legal tras su expropiación por los comunistas en 1946, ha decidido venderlo, poco menos que convertido en ruinas, al condado de Brasov, cuyas autoridades lo transformarán en un hotel con shopping incluido.
Casi lloro, pero me repuse. Pensé en un consuelo y la memoria, esta vez, me ayudó. Apelé a un compacto y escuché el «Tango del Vampiro», de Daniel Melingo: «Pero carajo,/ pero carajo/ ¿quién trajo el ajo, quién trajo el ajo?/ justo que ahora, sin sus collares/ Lucy me ofrece sus yugulares».
Melingo algo vio venir, aunque no todo. Porque, ¿Drácula? Si ya ni castillo nos queda… *
Compartí tu opinión con toda la comunidad