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Noche de Reyes

Fue un secreto nacido hace mucho, mucho tiempo. Con tres magos de Oriente guiados por la luz de la estrella para agasajar con regalos a un niño que es el Mesías. En el Montevideo de antaño esa tradición vivió en todos sus rincones. Y también al compás de tamboriles. Por el conventillo Medio Mundo sonaban los parches el 6 de enero para agasajar a San Baltazar, santo protector de los barrios Palermo y Sur. El tambor evoca a los hermanos de raza que en la época colonial hicieron sonar las lonjas para que ese mago de Oriente los liberara del yugo opresor. En la mañana, en la puerta de aquellos cuartos y hasta en el patio de abajo aparecían humildes regalitos.

Un enjambre de motitas pateando una pelota salía corriendo hasta llegar al murallón. Muñecas de trapo con tantos colores como los que palpitaban en el corazón de ese entrañable Medio Mundo. Por el viejo barrio Cordón, en Sierra y Paysandú, en el otro conventillo se armaba en la tarde de Reyes un tremendo bailongo.

Los pibitos con sus juguetes, la mayoría de madera, comprados en las dos carpinterías de a la vuelta. En Tristán Narvaja, casi el puente, por pocos vintenes se compraban carritos de cuatro ruedas para llevar a pasear a los niños hasta la Plaza de los 33 y escuchar la banda musical de los Bomberos. También esos carpinteros vendían unos populares muñecos con la forma del Gato Félix, Pinocho o el poderoso Mandrake. Si había algún manguito, los regalos de la Casa Guibernau, en General Flores frente a la Estación Goes, dejaban loca de alegría a toda la botijada.

Por el Centro los grandes bazares ofrecían sus maravillas. El Bazar Mitre, el Colón y el mismísimo London-París junto a Introzzi vendían muñecas de porcelana, colecciones de soldaditos de plomo y juegos de ludo con piezas de fina cerámica inglesa. En muchos barrios populares el regalo predilecto fue una grandota hamaca de madera que mágicamente aparecía en los patios de los inquilinatos o en el terreno del fondo al lado del horno de barro.

Los pichones de cracks futboleros recibían su primera guinda de cuero, la apreciada Nº 5 con gajos y un enorme piripicho para darle con el inflador de la chiva. De hojalata, pequeñas rueditas de municiones y siempre de reluciente color rojo, así eran los monopatines que los pibes trepaban con sus rotos championes. Por más pobres que estuvieran los Reyes, hasta el niño más humilde recibía un tradicional balero para embocar y hacer campeonatos en el recreo. Lo mismo pasaba con los yo-yo, económicos pero muy entretenidos y capaz de hacer que el botija estuviera más que sosegado. Se desafiaban luego en la esquina a ver quién hacía los rollos más difíciles e increíbles piruetas para arriba y abajo. Por los años de 1960 aparecieron, un 6 de enero, miles de aros de plástico llamados «hula-hop». ¡A sacudir las caderas y no perder el ritmo! Un pibito arma un mecano, la niña adormece a su muñeca de porcelana y en la vereda está desparramado un rompecabezas. Se alejan los Reyes Magos, que quizás alguna vez traigan el regalo de la fraternidad y solidaridad entre todos los hombres. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *

COORDINACION:  ANGEL LUIS GRENE

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