País serio
Poéticamente, Petit de Murat dijo que cualquier callejuela de Viena explicaba a Mozart. Del mismo modo, múltiples anécdotas a lo largo de los años dan certeza de que sólo la noche explicaba el esplendor del arte de Rubén Darío.
¿Pero qué cosa explica a un país serio?
Ah, creo que la convicción de que es devoto de la cultura de la convergencia, por la que todos, en lo esencial para la vida comunitaria, no en lo accesorio, van a unirse al mismo punto.
Y es mi humilde opinión de que recién el miércoles pasado, cuando gobierno, empresarios y trabajadores dieron forma al Compromiso Nacional por la Producción y el Empleo, el país ingresó a una de esas sendas que, cuando los protagonistas la recorren sin que los desvíe egoísmo alguno, sólo puede llevarlo a ejercer la responsabilidad compartida. A ser un país, no sólo un gobierno, serio.
Intuyo que esto puede ser más importante a nuestro futuro que unas cuantas de las reformas que se han puesto en marcha o están a punto.
No se trata de desmerecerlas. Es que sencillamente acaba de ser fundada una política de Estado, una de esas políticas destinadas a perdurar más allá de coyunturas electorales y que sólo requiere el sostén de la democracia y una cierta habilidad para bordear trampas inevitables. Uno de sus objetivos es la creación de treinta y cinco mil puestos de trabajo durante 2007; los instrumentos serán, al unísono, varias comisiones sectoriales para ordenar y dinamizar los planes y un pacto para deponer pequeñeces –de las que suelen trabar hasta grandes obras– con el fin de que la convergencia no fracase.
Sin embargo, no es el objetivo principal, porque esta no es una cuestión de cantidades, de cifras, de estadísticas. Ésta es una clara cuestión de sensatez y de voluntad de ir en una misma dirección para la felicidad colectiva. El objetivo principal es el pacto en sí mismo. Y no traicionarlo, claro.
¿Estoy pecando de ingenuidad, de exceso de optimismo? Puede ser.
Pero me hace tanta falta creer. *
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