Lula ¿está?
Anoche dormí mal. Tuve una pesadilla. Aunque usted no lo crea, lector, veía con un realismo que me tuvo al borde de la apoplejía- a Lula en Uruguay.
Al principio lo veía con su mujer en Atlántida saliendo con el carrito de Tienda Inglesa; dándose un chapuzón con Marina Arismendi en la Mansa; cambiando el vale por la nafta de regalo mientras se tomaba un whisky con Lezcano; yendo a desayunar panqueques de dulce de leche con Puglia; comiendo una colita de cuadril en el Mercado del Puerto con Lepra; jugando unas fichitas en el casino del Radisson con dinero que le prestaba Gargano; o pescando mojarritas en Aguas Dulces con la caña preferida de Tabaré.
Pero luego la pesadilla ingresó a unas zonas oscuras, aterradoras, y lo veía en la Amsterdam, hinchando por Peñarol al lado de Zaindezstat, mientras le pasaba datos de evasores de Conchillas; en la Colombes, gritando por Nacional codo a codo con Astori, al tiempo que le cambiaba tres o cuatro artículos de la reforma tributaria; recorriendo con María Auxiliadora, disfrazado de dentista, cara de loco Adams y una pinza de extracción en la mano, consultorios odontológicos de barrios de Montevideo; o invitando por celular a Chirolita a un asado que haría en el piso, a lo gaucho nomás, en el Rosedal del Prado.
Sea como fuere, lo cierto es que en mi pesadilla veía a Lula, el hermano metalúrgico, aquí mismito, en Uruguay.
Cuando al fin desperté, todavía abombado y en medio del desconcierto más atroz, sintonicé radio Montecarlo, una garantía. Eran las seis y media de la mañana. La voz de Carballedas, a grito pelado, fue como una luz divina que bajó, quién sabe de dónde, a avivarme:
-¡Lula suspendió por vigésimanovena vez su prometida visita a Uruguay! Como había sido informado, se le esperaba hoy en Carrasco. Sin embargo, esta madrugada el presidente Vázquez recibió la llamada del canciller Amorim, quien le explicó, con voz acongojada, que a Lula lo habían secuestrado unos alienígenas. *
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