Educación
El debate educativo provocó un saludable revuelo en la sociedad uruguaya. Aún no concluido, y más allá de polémicas, ya ha dejado unos haberes y alguna deuda que estimulan a continuarlo.
A favor, y esencial, está la indiscutible participación colectiva. Por primera vez se ha abierto a todos la posibilidad de aportar y discutir ideas, no sólo oyéndose cada uno en su mismidad sino acostumbrándose a oír a los demás. También es rescatable la austera sensatez de cientos de recomendaciones surgidas del cuerpo social, de las llamadas asambleas territoriales. Esa sensatez ha provenido, por fortuna, de integrantes de las familias que han sido, desde la revolución vareliana, las que han disfrutado o sufrido los aciertos y los errores de la educación pública. Hay allí un abundoso, excelente paño para cortar y recrear.
Si se piensa en lo todavía difuso obviando, por ahora, cierto supuesto corporativismo y cierta supuesta tendencia al pensamiento totalitario que algunos han denunciado, surge el agujero negro en que parece haber caído, como tema esencial, la educación en valores. No se la ha tratado como la preocupación primordial; no se han advertido debates sistemáticos acerca de cuáles han de ser esos valores; ni siquiera se han sumado voces repitiendo, porque al fin y al cabo es una vieja idea buena, que «debemos formar la inteligencia, el autodominio y la compasión», tal como quería Russell. Y tampoco se ha hecho hincapié, siguiendo al libre pensador británico, en que una educación en valores «tiene que vivirse en una sociedad buena, porque, de no ser así, no es plenamente posible»; o sea que una mejor educación debe ir acompasada a la construcción de esa sociedad distinta, ya que, de otro modo, se corre el riesgo de un regreso a la loca superstición de la salvación individual, un ideal aristocrático y, por tanto, excluyente.
Algo es claro: la puerta ha sido abierta y el debate debe seguir para que el optimismo no deje de resplandecer. *
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