Chau, Hugo
Nunca me gustaron las necrológicas, y menos tener que escribir alguna. Me consta que a Hugo tampoco. Soy reacio a esos homenajes acartonados, la mayoría de las veces hipócritas, plagados de lugares comunes y de frases vacías; esos discursos apologéticos que ocultan defectos y resaltan dudosas virtudes del homenajeado. Esos textos confeccionados como para dar la razón a Brassens cuando dice: «Les morts sont tous de braves types» (los muertos son todos buenos tipos). Y si cito al trovador francés (independientemente de lo exacto de su idea) es porque integra esa curiosa pléyade de poetas ácratas cuyos textos se conocen convertidos en canciones; pienso en Jacques Prévert, en Léo Ferré, en Caussimon y tantos otros.
Queda claro que coincido totalmente con aquella familia del cuento de Cortázar, que tenía por costumbre –cuando sospechaban que el dolor de los deudos era fingido– apropiarse del velorio, llorar más que los familiares, organizar todo el cortejo y pronunciar una oración fúnebre en la que hacían un balance de virtudes y defectos del muerto.
No me gustan las necrológicas pero hay casos en que el impulso de expresar mis sentimientos frente a la muerte de un amigo es más fuerte que el pudor o el temor a caer en lugares comunes. Asumo el riesgo. Antes que nada, debo manifestar el dolor de la pérdida y la impotencia ante el absurdo, porque aunque sea una costumbre que suele tener la gente, la muerte genera siempre un sentimiento de rebeldía; y especialmente las «muertes absurdas» en el sentido camusiano, esto es, las muertes no anunciadas, no previsibles.
Es lo que me pasa con Hugo, con quien hablé por teléfono pocas horas antes del infarto sin que hubiera ningún signo que ameritara ni una mínima sospecha de lo que ocurriría más tarde. Pero más allá de ese absurdo, me da bronca pensar en todo lo que perdimos, es decir todo lo que tenía para dar, todo lo que podía haber aportado a la causa y al enriquecimiento ideológico y doctrinario del debate político.
Lo conocí en el despacho de Fasano en 1998, cuando se resolvió que LA REPUBLICA volviera a tener una página editorial. Trabajamos juntos durante algunos años y después mantuvimos el vínculo pues Cores siguió escribiendo editoriales que me enviaba por correo. Puedo decir con orgullo que nos hicimos amigos.
Sin perjuicio de sus innegables dotes de dirigente y de su incuestionable capacidad de investigador en temas históricos, quiero resaltar sus valores morales, su humildad, su propensión al diálogo, su disposición a escuchar al interlocutor y a reconocer sus yerros. Me atrevo a afirmar que fue un referente ético singular: observó, como pocos, una especial coherencia entre pensamiento y acción, una particular consecuencia con sus principios e ideales y una honradez intelectual poco habitual; también creo del caso destacar una infrecuente capacidad de autocrítica. Y junto a estas cualidades, y sin que ello implique soslayar el rigor de sus planteos ni el profundo compromiso en la denuncia del terrorismo de Estado, Cores exhibía un gran sentido del humor.
Entre su vasta obra, me parece pertinente poner el acento en dos de sus últimos libros. En primer lugar, «Uruguay hacia la dictadura 1968-1973″, cuyo complemento de título reza «La ofensiva de la derecha, la resistencia popular y los errores de la izquierda». Una obra de investigación y análisis histórico de alto nivel en la que pasa revista a los turbulentos años del pachecato que desembocaron en el golpe de junio de 1973. Sólidamente documentado, el libro aborda las huelgas y las grandes movilizaciones populares de aquellos años, la respuesta policíaca a que apeló el Estado para acallar el descontento popular, la escalada de violencia y el proceso político que, al decir de Alvaro Rico, fue el «camino democrático a la dictadura».
Y el otro libro a que aludo y al que quiero referirme es el más reciente (editado en 2002) «Memorias de la resistencia». Se trata de un testimonio muy especial, en el que se conjugan recuerdos de infancia, adolescencia y juventud con análisis políticos profundos y vivencias personales. Una curiosa mezcla de ternura y lucidez crítica que permite aquilatar la madurez ideológica y la dimensión humana de Hugo.
En línea con esa obsesiva militancia a favor de la memoria del pasado reciente y de la justicia que ocupó la vida de Cores en los últimos veinte años, el libro comienza con esta reflexión:
«A menudo se escuchan voces de quienes parecen recomendar el empleo de la ‘insidiosa lima del olvido’ para los acontecimientos del pasado reciente. Desde el poder y en nombre de la estabilidad política se alienta esta actitud. Sobre una cantidad de episodios que afectaron a buena parte de la sociedad no hay evocación ni referencias. Es, públicamente, como si nunca hubieran ocurrido.
Para muchos dirigentes políticos e intelectuales influyentes, una parte del pasado de la izquierda parece resultar incómodo. Al no reconocer y explicar el contexto histórico y el sentido de las acciones y rebeldías emprendidas, se termina por allanar el camino a la versión de la historia oficial que sitúa en el fanatismo o la irresponsabilidad de la izquierda la causa de casi todos los males que ha padecido el país, incluyendo la dictadura».
En momentos en que se debate sobre la conveniencia o no de enseñar a los jóvenes la historia del pasado reciente, la lucidez de estas reflexiones aporta un argumento contundente a favor de la enseñanza del pasado reciente.
Creo que el mejor homenaje que puede hacerse a Hugo es recordarlo tal como era, volver a leer sus ensayos y divulgarlos como forma de mantener vivo su pensamiento fermental.
Y también, por qué no, tomarnos una en el mostrador como si estuviera allí, conversando con nosotros. *
(*) Periodista
Compartí tu opinión con toda la comunidad