Hugo Cores, con permiso para soñar
Ayer dejó de existir un sembrador de semillas vigorosas. Llevaba en su sangre un virus que no tiene cura: el virus de la fraternidad contra el servilismo, el del progreso social contra el conservadorismo de los poderosos, el del cambio contra el orden inmutable.
Se llamaba Hugo Cores y era uno de los pocos especializados en sembrar la solidaridad como el más noble de los impulsos del ser humano.
Todos los días pedía permiso para soñar y cuando lo obtenía soñaba con un mundo donde la lógica de la igualdad derrotaba a la lógica del lucro y la desigualdad.
Fue esencialmente, hasta su último aliento, un hombre de izquierda y consideraba a ésta como un humanismo solidario que privilegia el desarrollo de las personas por sobre las cosas, cuya ética es hacer el bien a los demás, a diferencia de la ética y la estética de la derecha que es hacérselo a uno mismo.
Lo conocí al poco tiempo de llegar al gran paisito, yo cargado de utopías que en la vecina orilla no podía albergar, cuando la dictadura militar argentina de Aramburu y Rojas sometía a un pueblo rebelde que nunca los aceptó, él portando en sus alforjas demasiado Bakunin y muy poco Marx, de quien desconfiaba en aquel entonces.
Ambos éramos argentinos, pero los dos sabíamos que uno es más que del lugar donde nació, del lugar donde lucha y milita, donde va preso, donde ama, donde quiere morir, y ambos también creíamos en la utopía de la Patria Grande, y que a los pueblos los separan con fronteras y también coincidíamos en que el nacionalismo ramplón es el último refugio de los canallas.
Mi cristianismo de izquierda, síntesis del carpintero de Nazareth, de Teilhard de Chardin, y Camilo Torres, mezclado con Jorge Abelardo Ramos, León Trotsky, Bakunin y Carlitos Marx, pronto obtuvo el hospedaje ideológico y el afecto humano de los anarcos de otrora, los Errandonea, los Cores, los Machado, la mítica Comunidad del Sur, que pregonaban la rebelión de Kronstadt contra la barbarie estalinista.
De todos ellos Cores fue el más político y quizás el más riguroso y científico. Esa cualidad lo llevó décadas después a encontrar la síntesis dialéctica entre el anarquismo y el marxismo, tránsito traumático y riesgoso que no pocas incomprensiones le aparejó.
Fue un revolucionario con todas las letras y siguió siéndolo en tiempos donde ese vocablo provoca cierto escozor en la izquierda light, que requiere de afeites y maquillajes para ser aceptada. No era de aquellos que creen que si a los l8 no eres revolucionario no tienes corazón pero, si a los 40 sigues siendo revolucionario no tienes cabeza. Sin embargo, no fue un petardista de la vida y todo el mobiliario de su conciencia fue usado en la construcción de una izquierda racional, inteligente, principista, humanista, esencial no aparente, radical no extremista, luchadora y corajuda pero no aventurera.
Enemigo feroz del pensamiento único no dio tregua ni cuartel al sectarismo maniqueo, ni al dogmatismo de los custodios de la fe revolucionaria.
Y así como se fue acercando al marxismo radicalmente democrático, sobre todo al del joven Marx, aceptándolo no sólo como método sino también como escuela del pensamiento humanista, también percibió los errores del apagón intelectual de una izquierda que no reconoció en la democracia formal elementos que podían servir de contención al gran Leviatán cuyo alumbramiento implacable devoró a los mejores hijos de nuestra tierra. Aprendió que el pasaje de la democracia formal y representativa a la democracia sustantiva y participativa requería la síntesis dialéctica que hoy el pueblo uruguayo está construyendo desde el poder.
El sesentismo, esa energía moral que sacudió la arrogancia del poder tradicional y la modorra de un pueblo desmovilizado, nos encontró del mismo lado de la trinchera. Yo dirigiendo aquellos diarios de masas, enfrentado al autoritarismo incipiente, él, en las entrañas del movimiento popular, en el fragor de la lucha sindical e ideológica.
Coincidimos y discrepamos en muchas oportunidades. A veces la correlación de fuerzas y el talento táctico nos llevaban a ser seducidos por el atajo de la confrontación general, otras veces Hugo aceptaba, aunque a regañadientes, la táctica del golpeteo y desgaste frente a la opción de la batalla total.
Esa década, plena de coraje y heroísmo, precedida por años de paciente y penoso trabajo intelectual y espiritual en las fronteras de lo que parecía imposible y después se concretó, nos unió como hermanos. Ambos admirábamos a Kant y su ética del deber incondicional, a ambos nos repugnaba Bentham y su ética utilitarista.
Al despuntar ya el setentismo, en octubre de 1971, con toda la fiereza de los pujos de la historia, su militancia sindical lo llevó a la cárcel, junto con mi hermano Carlos y Montañez. Golpeé todas las puertas hasta que pude obtener la liberación de Carlos y Montañez, pero fue más difícil con Hugo. El régimen se ensañó con el profesor de ideas y acciones y no cedió hasta que Cores fue internado en el Hospital Militar, víctima de los apremios abusivos a los que fue sometido. La campaña periodística que desplegué por su libertad unió más aún nuestras peripecias vitales.
Mi ingreso en las entrañas del monstruo para desbaratar el complot del traidor Amodio Pérez con un nutrido grupo de militares golpistas, contó con mi confidencia hacia él y con su reserva incondicional.
Después sobrevino la pesadilla, el terror uniformado y el exterminio selectivo de los patriotas. El pasó a la clandestinidad, yo al exilio, primero en Buenos Aires hasta el magnicidio de Zelmar y el Toba, donde me tocó reconocer los cuerpos supliciados de los dos mártires y denunciar los engaños del general Harguindeguy en aquellas conversaciones en la casa de Jorge Roulet, en busca de los dos secuestrados, y posteriormente en México, adonde tuve que huir para salvar mi vida.
Fue de los más entusiastas receptores de mi iniciativa mexicana de 1977 llamando a formar un Frente táctico antidictatorial cuyo objetivo estratégico era el Frente Grande sin exclusiones, que uniera a todos los blancos, colorados y frentistas que estuvieran dispuestos a enfrentar la tiranía.
Sin dudarlo, viajó de París donde estaba exiliado y en mi casa mexicana de la Colonia Polanco, en la calle Homero, firmó el denominado Acuerdo de México, para impulsar la formación del Frente Grande. Firmamos ese acuerdo en la madrugada, tras 13 horas de polémicas, Enrique Rodríguez por el Partido Comunista, José Díaz por el Partido Socialista, Enrique Erro por la Unión Popular y Hugo Cores por el Partido por la Victoria del Pueblo. Como militantes antidictatoriales independientes firmaron el decano de Humanidades, Mario Otero, el decano de Agronomía, Arbiza, y yo como convocante.
Las carcajadas de Hugo Cores cuando la humanidad de Enrique Rodríguez se desplomó en el piso de mi casa, al crujir la silla que lo contenía, aún hoy las recuerdo con ternura. Mi bochorno era grande pero el humor del Ñato Rodríguez salvó la enojosa situación entre un «anarco» y un «bolche», que acabaron abrazados firmando el Acuerdo de México de 1977. Hasta la caída de la dictadura Hugo Cores fue incansable, amasando la levadura de la unidad antidictatorial, sin ocultar sus discrepancias con emprendimientos tácticos, como la Convergencia Democrática, Pacto del Club Naval, comicios con exclusiones, entre otras iniciativas y resignaciones.
Restaurada la democracia, ya de lleno integrado al Frente Amplio del que no fue lamentablemente fundador, se convirtió en un huésped de todas las grandes crisis de la coalición y de los grandes debates que las precedieron, hasta el terremoto político que terminó con la centenaria dominación de los partidos tradicionales.
Desde el nacimiento del diario LA REPUBLICA puso su energía y sus neuronas al servicio de este proyecto plural. Su prosa inteligente y reflexiva y sólo por excepción trepidante, ocupó buena parte de las cont
ratapas de nuestro matutino. Fue nuestro editorialista permanente y principal y aceptó el cargo cumpliendo, no sin esfuerzo, la misión que le encomendé de reflejar en los editoriales sin firma, los que expresan la opinión orgánica del diario, las ideas fuerza de nuestro proyecto que no precisamente coincidían en matices, formas y tácticas con las suyas y con las de su organización política. Cumplió la tarea con una honestidad intelectual donde los editoriales del diario reflejaban, en la pluma de Hugo Cores, no su opinión personal que en sustancia era parecida, sino la opinión de LA REPUBLICA, necesariamente apartidaria, amplia y plural.
Llevó a cabo la digestión de nuestro pensamiento periodístico y político, coincidiendo en lo sustancial, de tal modo que nadie advirtió que la redacción correspondía a un dirigente del PVP. Eso sí, cuando firmaba sus columnas, ahí era pevepista hasta los tuétanos, aunque siempre prefirió las voces a los ecos.
Fue un político de los que no sólo piensan, sino que hacen pensar. Y creo que superó el pecado del político, acción sin ideas, tanto como el pecado del intelectual de ideas sin acción. Y en ese marco asumió el desafío electoral, la aproximación al poder, sin que le temblaran sus añejas entrañas proudhonianas. Aunque debemos confesar que pensaba más que en comicios y votaciones, que le fueron esquivas, en la construcción de una izquierda vigorosa apostando a las nuevas generaciones.
Fue un brillante, responsable y aplicado parlamentario y uno de los pocos que renunció a honores y mieles cuando su ética le impidió continuar detentando una banca, obtenida en alianza con el MPP, al retirarse su organización del acuerdo que lo llevó al Poder Legislativo, honrando de esa manera la denostada profesión más noble y generosa del ser humano.
Siempre buscó la verdad más que la aprobación, la esencia más que la conformidad, el honor más que la condecoración y el servicio más que el ascenso. Era, ciertamente, un imprescindible, una rara avis de la política uruguaya.
No podemos despedirnos de Hugo sin destacar el centro nervioso de su épica de los últimos años: su lucha por los derechos humanos, por los desaparecidos, por la verdad enterrada por los sicarios y por la justicia maniatada y en los últimos días por la derogación de la chantajeadora ley de impunidad cuyos vicios de consentimiento exhibió con la convicción que lo caracterizaba. En este tema era el más tozudo de los tercos. La lucha que se pierde es aquella que se deja, decía aún a sabiendas de las dificultades del objetivo. Sostenía que la impunidad había germinado con fuerza ante la debilidad moral de las instituciones y de la gente que se asustó ante el chantaje moral y político del desacato militar. Declaró a los cuatro vientos que los patriotas asesinados eran innegociables y que los crímenes no se entierran, siempre sobreviven.
Estaba seguro que los criminales de lesa humanidad habían comprado un destino inexorable y que nunca podrían ocultar su pasado delictivo, «porque toda la Tierra para ellos les es de vidrio», afirmaba citándome a un poeta estadounidense.
Insistía una y otra vez que el olvido del pasado no puede ser el precio del futuro.
Murió creyendo, y tenía razón, que el grito de los desaparecidos era la conciencia desgarradora de nuestra Nación.
Después de su sangre, lo más personal que puede dar un hombre es una lágrima, decía el poeta francés Alphonse de Lamartine.
Yo le doy la mía al formidable Hugo Cores.
Fue un honor haber unido durante todos estos años, mi pluma a la suya. *
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