La lengua

En la columna anterior hablamos acerca de la «CONCERTACION NACIONAL POR UN URUGUAY NAVAL», que agrupa a los trabajadores de la industria de reparaciones y construcciones navales organizados en la Unión Nacional de Trabajadores del Metal y Ramas Afines (Untmra), y a los empresarios de esa importantísima rama industrial, y citamos lo escrito por un ingeniero sobre la «magia del timón». Vamos a recordarlo:

«Todos conocemos cuál es la función del timón: gobernar o conducir el buque hacia donde se quiere llegar. El giro de una pala de timón (con pocos metros cuadrados de extensión) provoca que un buque de más de doscientos metros de eslora modifique su rumbo.

Es decir, un pequeño cambio produce un gran efecto. Más aun en el caso de los timones Becker o timones con flap, en los cuales un alerón de reducidas dimensiones, al cambiar levemente de posición, acelera el giro del timón y produce un cambio notable en el rumbo de un barco gigante, venciendo su inercia. El flap funciona como un timón en miniatura del propio timón principal, generando un formidable efecto multiplicador a partir de un esfuerzo mínimo».

Esta cita nos trae a la memoria algo que un filósofo (no recuerdo cuál) dice acerca de la lengua: otra cosa mágica.

Un pedacito muy pequeño del cuerpo humano, apenas un músculo de muy poca fuerza, puede producir cambios enormes e incomparables con su tamaño.

Todos lo habremos sufrido porque en la mayoría de los casos, dichas enormes consecuencias suelen ser catastróficas para el ser humano, tanto a escala individual como colectiva.

Pero hay veces en las que esa maravilla produce portentosos cambios benéficos con muy poco esfuerzo, y es eso lo que a guisa de flap del timón principal pretendemos hacer con estas hormiguitas negras llamadas letras que no son más que una prolongación dibujada de lo que hace la lengua. Como todos sabemos, hay muchos otros modos de esa prolongación. Pero este es el más usado.

Decía también aquel filósofo, que lo mejor era tener muy bien controlado ese timoncito que llevamos en la boca para que no haga daños. Soltar la lengua es peligroso porque ese musculito tiene la proclividad del potro: desbocarse.

Y, para ello, por el contrario, sujetarlo firmemente con las riendas de la voluntad. Creo que el filósofo era Nietzche: la palabra «voluntad» (tan anarquista) me lo sacó de la punta de la lengua (donde yacía). Y si no fue él, tampoco importa.

Pues bien: usándola a través de este medio, y con férrea voluntad, intento influir sobre los timones principales a los efectos de que pongan proa rumbo a la Concertación Nacional por un Uruguay Naval», porque los uruguayos que le hemos dado la espalda en mala hora, debemos dar la vuelta y tirarnos al mar.

Ese regalo de la naturaleza, porción inmensa y abandonada del patrimonio nacional heredado que nos espera, femenina y por ende fértil y maternal para brindarnos el bienestar que tanto necesitamos.

La construcción y las reparaciones navales no agotan por sí solas todo lo que la mar, los lagos y los ríos que van hacia ella, nos ofrece. Pero es una rama industrial de intensiva demanda de trabajo calificado y que a la vez califica.

Requiere urgentes políticas de Estado para fomentar la construcción y la reparación. Que incluyan la formación y en ella la UTU y demás Universidades deben cumplir un rol imprescindible.

En esa estrategia deben mancomunarse los esfuerzos de las organizaciones sindicales, las empresariales y las del Estado.

Eso es así en todos los países que se apoyan en la mar.

Estados Unidos tiene una ley que obliga a realizar construcciones y reparaciones en su territorio a buques de su bandera. Argentina promulgó una muy similar y encima subsidia esa actividad con un entre sesenta y setenta por ciento (para los casos en los que recibe ayuda venezolana dicho subsidio «baja» a entre un treinta y un cuarenta por ciento). Existen allí grandes empresas que han quebrado dos o tres veces pero que sin embargo siguen trabajando nada más que por los costos directos. Paraguay y Chile tienen acuerdos con los Estados Unidos por los que las reparaciones y construcciones navales que realizan son conceptuadas (por EEUU) como hechas en Estados Unidos… Tal vez ello explica el crecimiento de esta industria en Paraguay y la construcción de barcazas oceánicas en astilleros chilenos.

Nuestro otro vecino, Brasil, ocupa los primeros puestos mundiales en materia de construcción naval (cuarto o quinto), y tiene para el año entrante el plan de construir nada menos que ochenta buques sólo para abastecer su «demanda interna». Hasta no hace mucho los diques uruguayos reparaban grandes barcos de Petrobras, pero una Ley de protección brasileña recarga ese trabajo hecho en el «extranjero» con veinticinco por ciento de impuestos sobre el costo total. Obviamente la flota de Petrobras «emigró» desde los talleres uruguayos a los de Brasil.

El colmo es que barcos de algún ente estatal uruguayo realizan sus reparaciones en Argentina porque es más barato. Y lo es por los subsidios allá y la falta de políticas acá.

En un mundo y región altamente protector los uruguayos, al garete, somos llevados al varadero por vientos ajenos de los que no queremos tomar nota. Tenemos mucho para hacer acá y en el Mercosur, donde hasta ahora nunca hemos planteado, ante estas cosas, nada en esta materia.

¿No será por eso que la muchachada uruguaya emigra?

Repetimos: esta rama industrial es, por sus características esenciales, altamente demandante de mano de obra. Un astillero, o un dique, o un taller de reparaciones es un hormiguero de obreros y de técnicos de la más variada especialización.

La infraestructura existente en todo el Río de la Plata apenas abastece el cuarenta por ciento de la demanda en el estuario.

Tenemos casi todo al alcance de la mano para ayudar con estas iniciativas a que el año 2007 sea el de la Equidad y el del Compromiso Nacional con el empleo. *

(*) Senador nacional

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